segunda-feira, 22 de julho de 2013

DE VISITA A... EL ARCO Y EL SILLETA


Imponentes torres cuarcíticas coronan la sierra del Arco. Dignas de haber sido construidas por gigantes de la antiguedad, el buzamiento de los estratos es tal que forman una auténtica pared vertical.

Laderas de la sierra del Arco, cubiertas de matorrales. Los pinos son supervivientes de un fuego de hace seis años. 



       La semana pasada el G.P. cumplió una promesa que se había hecho desde que era pequeño, cada vez que pasaba por Cañaveral en dirección a las tierras gallegas: subir hasta lo más alto de aquellas sierras. Esa sierra del Arco es relativamente pequeña en altura (apenas llega a los 825 metros)  comparada con las del norte de la provincia, pero desde la depresión del Tajo tiene un aspecto realmente imponente y presenta laderas escarpadas, mucho más de lo que puede aparentar en un primer instante. El caso es que el primo Carlos subió en una marcha hasta su punto más alto, el Silleta, y nos animó a hacerlo. Y todo para cumplir una vieja promesa: las promesas que nos hacemos de niños son las más importantes de todas y en muchas ocasiones las más fáciles de cumplir.
      Después de navegar en mapas, el G.P. decidió tomar como punto de partida la villa de Arco o el Arquillo. Una elección estupenda, como puede pensar cualquiera que conozca este poblado de diez casas y cuatro calles, y que es tan pequeño como hermoso y bucólico. Quien quiera disfrutar de algún retazo de arquitectura tradicional del Tajo está obligado a pasar por allí. Las casas vacías muestran sus paredes, desnudas en hileras de pizarras y cuarcitas serranas, adornadas con parras, un arco de medio punto o algún dintel de madera. El silencio es gratificante, y aunque despoblado -solo hay una familia-, presenta un buen estado de conservación, movido sobre todo por el interés de los vecinos de Cañaveral.
     Por la calle principal tuvimos la suerte de encontrarnos con un parroquiano que nos señaló cómo subir al Silleta. "Todo recto por el camino del olmo". Y a pesar de lo fácil de la indicación, el G.P. no sabe qué hizo que acabó desviándose a la iglesia, un edificio del siglo XIX sin relevancia artística, pero con un porte muy digno, adornada con sólidos contrafuertes, una torre y espadaña blanca. En lo alto de la ladera le da el aspecto de fortaleza garante del pueblo.
   El olmo al que hacía referencia el lugareño es un gigantesco tronco seco, testigo mudo del pueblo desaparecido, y uno, dado a muchos símiles melancólicos, podría pensar que el olmo se murió de pena al ver el pueblo vacío y con nadie a quien dar sombra... Pero no hay que engañarse. El olmo lo mató, como otro muchos compañeros de plaza, la grafiosis. Otros peligros (aparte de la grafiosis) afectaron a la zona, sobre todo un incendio descontrolado hace unos años que arrasó toda la ladera del Silleta. Los troncos quemados de los pinos acompañan ahora a los restos  del gran olmo del Arquillo.


       A pesar de todos estos avatares, el Arquillo no deja de ser un lindo pueblo con cierto aire serrano. Cuenta con varias fuentes rebosantes de agua en pleno mes de julio y permite disfrutar de pequeños rincones húmedos y frescos que actúan de refugio frente al calor sofocante. Los caminos que se bifurcan en la plaza del gran olmo están cubiertos de menta, cubriendo el agua que fluye por el suelo. En uno u otro camino encontramos  manatiales, acequias abandonadas y grandes pilones de agua. 
      Sobre sus lisas pizarras ya no resbala la ropa, pero sí es un sitio estupendo para que lagartija colilarga y las ranas comunes se tomen unos buenos baños de sol. Es digno de mención aquí que en uno de esos pilones, en el valle del arroyo de la canaleta, asistimos al mundial de nadadores de espalda, una convención de Notonecta glauca enorme en número, y que infectaba el pilón entero. Para comprobar las dotes predatorias de este singular bicho -buen nadador y volador, pobre saltador en tierra- arrojamos las cabezas de ceniza de un cigarro sobre el agua. Conforme caía a su interior, los notonecta se abalanzaban sobre ellas como auténticos stuka alemanes y los partían en pedazos de un golpe. Algo que habría sido digno de grabar con una cámara de vídeo y que por desgracia no poseíamos...
 
Lagartija colilarga al sol que más calienta. Los colores rojizos indican época de celo.
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    Siguiendo el hermoso sendero empedrado que toma dirección hacia Cañaveral desde el gran olmo seco, iniciamos la subida a ciegas a la Silleta. Rápidamente -después de esquivar un perrazo sospechoso y hacerse con una buena vara- el GP toma la dirección del cortafuegos que sube de forma recta por la ladera hasta casi la cima... Una subida temeraria y empinada para alguien que no haya hecho ejercicio físico en algún tiempo. Alrededor uno contempla testigos quemados de pasados incendios. Los pinos quemados han dejado paso a un extenso matorral mediterráneo de jaras y brezos, sin apenas vegetación herbácea en toda la subida, y con los hongos todoterreno pisolithus emergiendo de la tierra desnuda. Mientras, uno que es dado a mirar las piedras, descubre que las rocas se hacen algo similares a las de Cáceres: cuarcitas y pizarras de edad ordovícica, y sobre todo, muchas rocas brechoides ricas en hematites, que brillan con fuerza con el sol de la mañana. 
       Conforme vamos subiendo, la vista se hace cada vez más impresionante. Desde las laderas del Arco hasta el valle del Tajo, van sucediéndose un auténtico mar de colinas y valles que cuartean por completo la típica imagen de la penillanura. El causante de ese peculiar paisaje es nuevamente un agente geológico de primer orden: la falla de Alentejo-Plasencia, combinada con el encajamiento del río Tajo. 
Formaciones de conglomerados.
     De pronto en la subida, encontramos rocas distintas a las típicas del sinclinal de Cáceres: en un replano antes de la llegada a los crestones cuarcíticos, atravesamos una interesante formación de conglomerados cuarcíticos, afectados por cierta deformación metamórfica y en ocasiones con los cantos "estirados". Esta unidad es fácil de encontrar en todo el sinclinal del Tajo y forma relieves curiosos en los crestones serranos. A diferencia de los bloques planos de la cuarcita armoricana, estos conglomerados dejan grandes rocas desnudas rugosas y de formas curiosas. 
      Dejando los conglomerados atrás, y justo en las faldas del crestón de la silleta, encontramos los restos de otro incendio más reciente. La gente de Cañaveral nos aseguró después que se trató de una chispa provocada por el sobrecalentamiento de la línea de alta tensión que atraviesa la zona. Lo que nos viene a decir que el ecosistema de la zona está lleno de peligros para su mantenimiento a largo plazo...  En cualquier caso, es una reflexión posterior: en el momento de la subida, y con la cima tan cerca, solo piensas en divisar la otra parte de la sierra y contemplar de cerca los crestones de cuarcita armoricana. Más que la propia Silleta, al GP le impactó más la auténtica pared vertical provocada por los estratos cuarcíticos en un buzamiento casi de ángulo recto. Por momentos a uno le daba la sensación de encontrarse ante una construcción humana, dada su perfección y los muros completamente lisos que coronaban la cumbre. 
Buitres planeando en las laderas de la Silleta.
     Al G.P. le hubiera deseado quedarse allí por un tiempo, meditar el sentido de la vida, practicar mindfulness o rebasar la facticidad de lo dado a través de los desvaríos filosóficos que estudió en sus años jóvenes y que de pronto encuentran cierto sentido en un lugar como este. Pero el tiempo apremiaba y sobre todo, un susto que dio al G.P. un par de buitres leonados que de pronto se levantaron junto a él. Así que la bajada se inició con gran dolor para los gemelos y algún culetazo no deseado -sin duda la bajada es peor que la subida, recomendamos otro camino alternativo al cortafuegos-. Por lo menos, asistimos a otra convención de buitres leonados que pululaban por allí, haciendo círculos sobre la pobre cabeza del G.P. Un espectáculo digno para concluir la excursión, sí señor.  
      

segunda-feira, 8 de julho de 2013

SOBRE ALACRANES Y DIABASAS EN "LA ALBERQUILLA"

 Aquí tenemos un señor alacrán manduncándose la cabeza de una pobre hormiga. Y eso que el alacrán no debe estar en su mejor día: le falta una de las pinzas. 
Otro señor alacrán despertado de su siesta, con evidente mal humor y mostrando su aguijón al público distinguido. Y el GP que iba buscando ranas y tritones... Quién iba a pensar que a estos alacranes les gustase tanto el fresquito.
Otro animalito más frecuente en este paisaje húmedo: un gallipato aprovechaba la oscuridad de las piedras para pasar el tórrido día.
      Cáceres puede ser un lugar bastante atractivo para un alacrán. Y sin embargo, es una especie bastante selectiva en lo que a sus hábitats se refieren. Resultan algo raros de encontrar en la sierra de la mosca, poco arenosa y demasiado arcillosa y pedregosa para construir sus madrigueras bajo las piedras. Veinte años removiendo piedras en las cercanías de Sierra de Fuentes y apenas nos encontramos con cuatro o cinco ejemplares en todo ese tiempo. Los alacranes sin embargo se extienden más en la penillanura, y especialmente en las zonas de suelo más suelto y fácil de mover. Así que cuando estuvimos visitando el valle de los Hornos, granítico y con partes extremadamente arenosas, no nos sorprendió tanto encontrarnos con un par de alacranes nada más levantar un par de pedruscos. Lo llamativo del caso era la gran humedad de la zona donde los encontramos.
La primera reacción del alacrán fue hacerse "el muerto".
      A un kilómetro y medio de los Hornos en dirección Cáceres, nos topamos con una especie de "mancha húmeda" en mitad del estiaje enclavada en lo que se conoce como "La alberquilla". Bajo la presa de una charca para el ganado se mantenían algunos pastos, florecían compuestas fuera de temporada y los asfódelos eran abundantes. Fue el único lugar verde que encontramos en toda la dehesa del valle, aprovechando la humedad de una charca, y tal vez un emplazamiento geológico particular de diabasas (la primera vez que las veo en el sinclinal) y filones de cuarzo cuarteando la zona, que permitía retener la humedad más que el resto del terreno. Fue cuando empezamos ingenuamente a buscar piedras y aprovechar para intentar ver algún anfibio, alguna ranita meridional, algún sapo y cosas así. El primer pedrusco que levantamos nos dio como premio un gallipato, típico de la zona. Las siguientes nos dieron la "sorpresa" de los alacranes. Para alguien que no está acostumbrado a verlos en los alrededores asusta un poco (sobre todo cuando apuntan el aguijón hacia el cielo), pero con las debidas precauciones y un buen palo, se hacen inofensivos (más bien, los que molestamos somos nosotros, al despertarles de su descanso). Así que después de alguna foto, les tapamos de nuevo y les dejamos en paz.  
      El otro descubrimiento de interés fue el filón de diabasas que cruzaba esa misma zona, en mitad de la intrusión granítica del sinclinal de Cáceres. Investigando después, el cuaderno del IGME que acompaña a la hoja geológica de Cáceres sostiene que existen diabasas esporádicas y poco alteradas en el interior del sinclinal, y hace una relación más directa a una encontrada en las cercanías de la casa de Lagartera, bastante cercana al lugar de nuestro hallazgo y vinculada también a los granitos tectonizados de la zona. Ya no hace falta irse a la falla de Plasencia para ver los "bolos" tan característicos de estas rocas... 
Rocas diabásicas encontradas en "la alberquilla"

quinta-feira, 4 de julho de 2013

FLORES DE VERANO EN EL MARCO: MENTAS, CARDOS Y PUERROS.


Resulta difícil a estas alturas encontrarnos con lugares todavía verdes y florecidos, y en las praderas primaverales hay poco más que los cardos corredores, visnagas, achicorias y demás congéneres estivales. Pero hay lugares -pocos- donde se mantiene el fresquito y pueden florecer a su gusto flores de la temporada de San Juan. En nuestros alrededores nos quedamos con la rivera del Marco, donde el fabuloso manto de cardos borriqueros de mayo se ha secado en buena medida y cede el testigo a otras flores de temporada. Aquí solo incluímos tres especies que naturalmente se pueden encontrar en otras partes, pero que aparecen reunidas en el trayecto : la menta (vaya usted a saber la especie, con las que hay), el Cirsium vulgare (lo llaman cardo negro en algunos lugares) y el puerro silvestre o Allium ampeloprasum. La primera necesita humedad, mientras que los otros dos los podemos encontrar fácilmente en otros sitios de la ciudad.
 

Cardo negro, planta bianual que desarrolla una preciosa flor oronda y firme y que todavía se puede contemplar en muchos sitios.
Ya en el parque del Rodeo, el G.P. fue a sentarse justo encima de un hormiguero en pleno proceso de expansión. Aunque esta imagen sea más típica del otoño, es fácil verla también desde principios del verano.




Los puerros silvestres no necesitan nacer en zonas especialmente húmedas. Si cuentan con un bulbo bien formado, son relativamente inmunes al calor, y se hacen especialmente llamativos en eriales de gramíneas secos.