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terça-feira, 28 de dezembro de 2010

ARROCES EN EL RINCÓN DE LA MONJA


Los arroces pequeños, todavía sin flores, que solo se darán más adelante.

       Una costumbre, buena o mala desde que era pequeño, era mirar las piedras de los muros. Lo sigo haciendo con asiduidad cuando tengo la oportunidad. Allí te encuentras pequeñas maravillas en miniatura, que en la infancia no son tan pequeñas y que la imaginación puede convertir en lo que se desee: un escarabajo surcando una grieta recubierta de musgo era como un todoterreno surcando la selva.
        Aproveché la estupenda mañana del día de Nochebuena para irme con Juan a conocer mundos antiguos, y cuando entré en el casco viejo me vi otra vez envuelto en esta costumbre de contemplar los muros de cuarcitas. Entre las muchas cosas que me llamaron la atención, como cuando era pequeño, estaban estas pequeñas plantas de las que entonces desconocía su nombre, y que ahora indagando por aquí y por allá he descubierto que reciben el divertido apodo de "arroces". En realidad el nombre científico es Sedum caespitosum, de la familia de las crasuláceas, y a pesar de su pequeño tamaño (no pasan de 5 cm.) también parece ser que tienen virtudes medicinales. Se les puede emplear incluso como emplastos con hojas frescas machacadas, para heridas, callos y todo tipo de verrugas. Alguien da más por tan poco?

El rincón de la monja, lugar accidentado para un carrito donde nos topamos con estos arroces.
El andar con el carro de aquí para allá nos ha dejado constancia de una cosa: la parte antigua sigue estando vedada para niños pequeños e inválidos. Algo se está haciendo, pero todavía no es suficiente.

 Y entre arroz y arroz, cuarcita, con sus fantásticos grabados en óxidos de hierro: arte abstracto en potencia, 
como alguna vez hemos afirmado.