Les cuento la historia de nuestro feliz encuentro: andaba el GP absorto, buscando pirofilitas interesantes entre las escombreras de Valdeflores, cuando algo se movió entre las jaras que le rodeaban. Pensaba yo que se trataría del típico pájaro asustadizo que se levanta de la maleza, pero en esta época hay muy pocos pájaros por la zona. El calor los lleva a sitios más frescos. Los únicos que escuchas, y que están en el aire, son los abejarucos. Si no era un mirlo o un grajo, ¿qué podía ser? Los ruidos continuaban y se acercaban, cuando por fin decubrí que el causante de todo aquello: un precioso zorro se había puesto casi a mi lado, guarecido con unas cuantas matas de por medio.
El GP creía que este animal era asustadizo por naturaleza, pero me pregunto si el hambre no es un mal compañero para acercarte a quien tienes como un enemigo instintivo. El caso fue que inmediatamente fui a por mi desayuno, unas cuantas barras energéticas, para ver si podía saciar al pobre zorro. Le puse una barrita a un par de metros, y después de unas cuantas vueltas cautelosas, el zorro cogió el alimento y se lo llevó a un sitio más seguro. Repetimos la operación seis veces: tantas como barritas energéticas me quedaban en la mochila, y con cada regreso, el zoro iba cogiendo más confianza. Tanta fue que al final, el pobre animal nos seguía como un perrito. ¡Tiempo le costó darse cuenta que el martillo no era una barrita energética y que nos habíamos quedado los dos sin nada que llevarnos a la boca!
Nuestro querido invitado posando en las escombreras.