domingo, 22 de fevereiro de 2015

HISTORIA NATURAL DE CÁCERES (2ª PARTE)




Un periodo crucial para la historia cacereña, el carbonífero (330-300 millones BP)

Habíamos dejado nuestra historia natural de Cáceres sumergidos en los mares del Paleozoico, en la silenciosa compañía de trilobites, braquiópodos, lingulas y nautiloideos. Este mar antiguo se mantendrá muchos millones de años, concretamente hasta el famoso periodo carbonífero. En otros puntos de España, este periodo da lugar a formaciones de carbón, pero no es el caso de nuestra ciudad. Aquí todavía estamos bajo el mar, y los pantanos con su vegetación exuberante y tropical no llegan a nuestro entorno. Pero sin embargo, el océano pierde profundidad y se convierte en un mar somero, muy atractivo para albergar gran biodiversidad. Esto permite la formación de un tipo de roca, la caliza y la dolomía, que va a ser de vital importancia para la futura ciudad de Cáceres y la posibilidad de que el ser humano pueda establecerse en estos parajes tan secos. Estas calizas, al menos una parte de las mismas, tienen un origen orgánico: están constituidas fundamentalmente por el aporte de carbonato cálcico de muchos seres vivos y en nuestra ciudad son fundamentales los fósiles de crinoideos. En muchos lugares del Calerizo podemos encontrar pequeños troncos laminados blancos sobre la piedra oscura caliza. En realidad es solo una pequeña parte del cuerpo de estos animales, que después se ramificaban y tomaban el aspecto de plantas acuáticas. Dado el número que nos podemos encontrar en nuestras calizas, podríamos imaginarnos el mar cacereño de entonces como una especie de selva sumergida por estas criaturas extrañas con forma de planta, pero que en realidad son animales.
    Decíamos que la creación de calizas en esta época del carbonífero va a ser crucial, imprescindible, para explicar después la vida humana en nuestro entorno. Como es bien sabido, las calizas son rocas fácilmente alterables con la lluvia –no en un año de precipitaciones, sino en doscientos millones de años de lluvias seguidas- y crean cavidades y cavernas con facilidad. Cualquiera que pise los cerros de Aldea Moret se dará cuenta de la superficie agrietada y angosta de sus montes  (Lo que llaman en geología lapiaz). Esto provoca la existencia de acuíferos muy importantes, por un lado, y de cuevas susceptibles de ser habitadas en el futuro, como Maltravieso o Santa Ana. Con ellas, la muerte por sed o por frío parecían alejarse para los futuros hombres que habitasen el lugar. Mucho tiempo después y ya en el presente, los cacereños usarán estas piedras para la obtención de un bien básico en construcción: la cal. Todavía hoy, quedan diseminados por muchos lugares antiguos hornos de cal, cuya actividad se extinguiría en torno a los años cincuenta, cuando el mercado nacional hizo poco rentable esta actividad a escala local.

En esta época compleja de movimientos geológicos, empiezan a aflorar en la superficie cacereña grandes masas de rocas procedentes del interior de la tierra: a diferencia de los volcanes, su ascenso va a ser lento y suave, que les permite enfriarse y solidificarse cuando llegan a la superficie. Son los granitos que aparecen al oeste y sur de la ciudad, y que forman el entorno de Malpartida de Cáceres. Ellos son no solo los culpables de esos fantásticos bolos del berrocal de los Barruecos –no es el único en formas curiosas- sino también de buena parte de la riqueza minera de la que ha disfrutado Cáceres en el siglo pasado y hoy en día: la abundancia del fosfato, litio y estaño en estas rocas, en forma de fosforita, casiterita y ambligonita, explica que hayan existido en los últimos 150 años explotaciones mineras en los alrededores de la ciudad que se beneficiaban de estos recursos: Las antiguas minas de Aldea Moret, Valdeflores, El Trasquilón o Las Arenas estaban vinculados, de una forma o de otra, con esa emergencia plutónica. Hoy en día, todos los yacimientos están paralizados o agotados, y hemos pasado de explotar minerales a beneficiarnos de la propia roca del granito con cierto éxito: varias canteras han explotado el granito y la caliza.   

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La tierra emerge (300 millones de años- actualidad)
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A mediados del carbonífero, en torno a los 300 millones de años, y tras un periodo de regresiones y subidas del nivel del mar, Extremadura emerge por primera vez conocida del océano y se convierte en tierra firme, parte de una isla que ocupará buena parte de lo que después será la península ibérica. Esta isla va a la deriva, a los lomos de una placa continental que por entonces se ubicaba prácticamente en pleno ecuador, inicia el viaje hacia su actual posición en el hemisferio norte, en la latitud que hoy conocemos. El origen de este levantamiento nuevamente lo explica la tectónica de placas. En aquella época, dos grandes placas continentales chocan –como actualmente la India sobre el Tibet- y hacen levantar montañas y desaparecer mares. La orogenia hercínica o varisca va a hacer que Extremadura se convierta en tierra firme hasta el día de hoy. Resulta difícil pensar que el actual terreno extremeño pueda ser montañoso por causa de la orogenia. Pero tendríamos que imaginarnos el Pérmico –el último periodo del Paleozoico- con cadenas montañosas y valles arbolados. Este periodo cálido y crecientemente árido que acaba con una gigantesca extinción de la vida paleozoica hace 251 millones de años.
Nada de esta gran catástrofe nos cuentan las piedras cacereñas. Van a callar hasta hace unos pocos milenios: en lugar de dejar sedimentos, los estratos antiguos empezarían a erosionarse sin dejar rastro de aquella época, en un proceso opuesto al que había operado hasta ese momento. De todo este periodo suponemos que tras la extinción pérmica, los reptiles y dinosaurios pasearon a sus anchas por los bosques del jurásico y cretácico, que crecerían entonces en lo que sería en un futuro esta región. El clima sería cálido y húmedo y no cabe duda que iguanodones y demás parientes gigantes habitarían nuestro territorio, como poblaron otras zonas de España. Nosotros no estábamos lejos de la costa del futuro océano atlántico. De esta época sí se  conserva sin embargo, un fenómeno geológico excepcional, la falla Alentejo-Plasencia, que transcurre a unos treinta kilómetros de la ciudad y que es testigo de un acontecimiento de primer orden: la aparición del océano atlántico. Esta falla fue una enorme escisión en la tierra provocada por el movimiento de las placas continentales y empezó a moverse en torno a los 135 millones de años, a mediados del jurásico para reactivarse en otras ocasiones posteriores. Quizás en determinados momentos la superficie cacereña -y toda la que atraviesa la falla- debió parecerse a los actuales rifts del cuerno de África, en el que la tierra se desgarra y permite emanar rocas y fluidos del manto de la tierra, provocando paisajes desérticos y volcánicos únicos. En cualquier caso, todos son conjeturas, y poco sabemos de este tiempo en nuestra comarca.   
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Cuaternario: el tiempo presente.
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Los próximos rastros geológicos nos llevan al tiempo presente, cuando la orografía actual está ya establecida y los cauces de los ríos toman su dirección hacia el oeste. Estos son tiempos cuaternarios, remontables a un millón de años, y que para la geología viene a significar “los tiempos presentes”. De esta época -hasta la actualidad- son los suelos arcillosos que habitualmente pisamos, especialmente aquellos formados en las vaguadas y valles formados por el flujo de los arroyuelos (el Marco, Mina Esmeralda, arroyo de Aguas Vivas, Guadiloba…), algunas partes llanas de los granitos de Malpartida, y los derrubios ocasionados en las laderas de los cerros y montes de la Sierra de la Mosca. Es fundamentalmente en estas zonas donde los suelos son más profundos y fértiles (especialmente la ribera del Marco o algunas terrazas del Guadiloba) y donde nos encontramos con una última sorpresa paleontológica. Un pequeño hallazgo recogido por el profesor Juan Gil Montes que permite reconstruir cómo era y qué tipo de paisaje podrían encontrarse los seres humanos la primera vez que pisaron estas tierras, por otro lado, muy parecidas ya a nuestros días. 
En algunas partes de la ribera del Marco podemos tener la suerte de encontrarnos con unas piedras de tonos marrones, muy porosas, que yacen en el lecho del cauce y en algunos de los desniveles creados por el propio cauce del riachuelo. Estas piedras, conocidas como tobas calizas, también están presentes en las construcciones más cercanas como Fuentefría. En el pasado invierno del 2013, el Marco vino tan crecido a su paso por ese manantial, que arrastró consigo multitud de estas piedras, permitiendo observar muchas de ellas en ese punto de la ciudad. Si cogiésemos una de ellas y las limpiásemos oportunamente, nos daríamos cuenta que los poros pertenecen a los restos dejados en la roca por multitud de restos vegetales. Vegetación formada por plantas herbáceas, tallos, juncos y raíces, pero también por hojas de árboles caducifolios, que muestran el carácter ribereño y la presencia de humedad en la zona  desde hace varios miles de años. Las razones de cómo estos restos se han preservado tan bien las ofrecen nuevamente el yacimiento calizo del Calerizo y es común a las formaciones de tobas calizas en otras geografías. La lluvia con CO2 disuelve una pequeña parte del carbonato cálcico y se acumula en las aguas subterráneas. Después, cuando afloran a la superficie, dejan impregnadas el carbonato cálcico en la vegetación que atraviesa el arroyo. Finalmente, la vegetación queda completamente recubierta de este carbonato, acaba desapareciendo o convirtiéndose en carbón y deja unas molduras perfectas sobre la caliza que es la que le da este aspecto tan sumamente poroso.
Este hallazgo aparentemente tan simple es fundamental para explicar por qué el hombre decidió asentarse hace 10000 años –al menos- en las cuevas de Maltravieso. La presencia de agua, y los cobijos naturales creados por las formaciones calizas permitirían un lugar óptimo para la existencia humana. Los fértiles suelos del Marco permitieron también crear una incipiente agricultura de la que nos quedan numerosos restos desde al menos la Edad Antigua. Esto a su vez permitía abastecer a una población que desde la baja edad media superaría los 1700 vecinos. Estas tres condiciones permitieron que se cumpliera la excepción española: una ciudad relativamente populosa, capaz de sobrevivir sin un río caudaloso y que acabaría convertida en capital de provincia.
El hombre sobre la naturaleza: el futuro de Cáceres.
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La presión demográfica sobre nuestros recursos desde la Edad Moderna ha ido incrementándose paulatinamente, y convierte el más antiguo problema de supervivencia humana, el abastecimiento de agua, en algo contemporáneo. Conforme la ciudad fue creciendo las aguas del Marco se revelaron indispensables para poder suministrar a una población amplia. En el Marco encontramos restos de presas romanas, posibles casas de baños árabes y un grupo de molinos que se remontan algunos de ellos a la época medieval y que estuvieron funcionando hasta los años cincuenta. Entre el siglo XVI y XIX se construyen fuentes en los dos valles que limitan la ciudad, la Sierra de Aguas Vivas –La Madrila,
 Aguas Vivas, Fuente Hinche- y las aguas que vierten en el Marco -Fuente Fría, Fuente Concejo, Charca del Marco- para abastecer de agua limpia a la población. Desde mediados del siglo XX se utilizaron las aguas del Calerizo para poder abastecer las necesidades de la ciudad. Pronto se vería que ese uso era inapropiado para las crecientes necesidades industriales –el agua era dura, y la cal obstruía rápidamente maquinaria industrial- y se haría imprescindible crear presas artificiales –como el Guadiloba- para paliar esa amenaza. Hoy en día vemos que ni siquiera una presa así es capaz de satisfacer nuestras necesidades y que el problema del agua es hoy tan acuciante para nuestra ciudad como lo fue para el primer poblador de Maltravieso. Ciertamente, hemos pasado de beber el agua del Calerizo a usarla para regar un campo de golf. Pero es presumible que si el cambio climático se acelera en las próximas décadas, es de suponer que el futuro de Cáceres se hará comprometido y dependerá de soluciones tecnológicas y éticas extremadamente costosas.
A esta amenaza le añadimos el del urbanismo de la ciudad que ha condenado casi a la destrucción el paraje que le permitió nacer, la ribera del Marco. Un urbanismo desorganizado ha provocado la desaparición de buena parte de las antiguas tierras cultivables, ahora bajo el asfalto y las edificaciones, y la escasa pervivencia de un entorno fluvial hoy casi irreconocible, si lo comparamos con la proliferación de los fósiles vegetales del cuaternario. Naturalmente estos son lo que muchos llamarían “daños colaterales” del progreso humano, pero que otros ya ven como una huida hacia adelante, sin afrontar el reto que supone un desarrollo sostenible a largo plazo. La historia local de Cáceres es en el fondo, el reflejo pálido de una historia mucho más universal, en la que está comprometida la supervivencia del hombre como especie.  
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La contingencia cacereña: conclusión filosófica a un ensayo geológico. 
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Voy a darme el gusto de acabar el trabajo como lo empecé: como un filósofo y no como un geólogo aficionado. He comenzado el escrito convencido de la importancia de comprender nuestra geología para entender nuestra propia historia, una historia que ha hecho que nosotros, de una manera o de otra, nos sintamos “dueños” de esta tierra que habitamos. Albergamos sentimientos de pertenencia en forma de patrias, naciones y destinos manifiestos que combinan raza, cultura y territorio. Nos convertimos en señores de tierras y construimos fronteras en sus límites para frenar extraños. Expoliamos sus recursos naturales en nombre del derecho de propiedad. La degradamos en nombre del progreso y la comodidad humana. 
Después de haber pensado esto desde nuestro perfil geológico, uno se siente obligado a ser algo más humildes en las reclamaciones. Estamos en esta tierra cacereña por una contingente mezcla de causas biológicas, físicas y geológicas. Incluso la tierra que pisamos es relativa: como hemos visto, no siempre ha estado emergida ni ha estado posicionada en el mismo lugar del planeta. ¿Por qué podríamos considerarla nuestra sin atender a las obligaciones que supone el habitarla? En cualquier caso, nuestro paso por este suelo que llamamos Cáceres o Extremadura es puramente transitorio. Frente a los 600 millones de años de antigüedad del suelo que pisamos, nosotros no estamos sobre él más que hace un millón y medio y no lo habitamos sedentariamente más que hace 10000 años. Esta tierra seguirá su evolución cuando nosotros ya no estemos aquí como especie. Decir incluso que es nuestra responsabilidad protegerla hasta resulta altivo. La peor catástrofe que pueda provocar el ser humano difícilmente pondrá en peligro la vida en la tierra y mucho menos detendrá su evolución geológica.  



segunda-feira, 16 de fevereiro de 2015

ESTRELLAS DE TIERRA EN EL CERRO OTERO


   La tarde de ayer anunciaba ya la entrada del buen tiempo. Bajando por la cañada del Casar uno podía oír, además de las conversaciones de los caminantes, a las primeras golondrinas de la temporada. Incluso cuando la sombra se hubiese hecho en la umbría, la temperatura era suave y se podía pasear estupendamente. Y el GP pensó que tal vez había llegado el momento de investigar las primeras flores primaverales. Un día antes había estado en Elvas, donde los lírios azules irrumpían ya con fuerza y pensó que tal vez podía probar suerte buscando las primeras orquídeas primaverales. Cuando llegamos a la cañada, todo estaba quieto. No había rastro de flores de primavera (ni siquiera vimos los narcisos de temporada) y tan solo las incondicionales de invierno daban un mínimo de color al campo. Lo que nos encontramos para nuestra sorpresa fue con una auténtica marea de diminutas setas frikis, las estrellas de tierra, que poblaban por decenas uno de los encinares de la zona. Y es que, a pesar de estar fuera de la temporada -no había rastro de otras setas, excepto aquellas que conservan su apariencia externa, como las esclerodermas polyrhizum-, esta pequeña seta merece nuestra atención. 
 
       Estas setas alienígenas encierran sus pequeños secretos. Las estrellas de tierra no solo tienen esta peculiar forma por mero azar biológico: la usan a la perfección para la difusión de sus esporas y su pervivencia. De esta manera, cuando el tiempo se vuelve seco las estrellas se cierran y se encapsulan, lo que facilita una mayor protección y movilidad com el viento. Cuando la atmósfera gana más humedad, estas pequeñas bolas se abren y extienden sus brazos para afianzarse sobre el terreno. Esta singularidad, que ya vimos en el raro miriostoma del anterior otoño, es un ejemplo de convergencia evolutiva con algunas plantas desérticas que proceden de manera similar con los cambios de tiempo (si se acuerdan de algún western, los matorrales corredores que se ven antes del duelo de pistoleros). En la dehesa tendríamos lo mismo, solo que a tamaño reducido...  
 

segunda-feira, 9 de fevereiro de 2015

HISTORIA NATURAL DE CÁCERES (1ª PARTE)

                                   HISTORIA ANTES DE NUESTRA HISTORIA


¿Por qué existe Cáceres?
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Después de tantos años buscando piedras y fósiles por los alrededores de Cáceres, el GP se siente legitimado para hacer un escrito más amplio del tema, rozando casi el ensayo divulgativo. Así que aquí lo presentamos. Indudablemente, los errores pueden aparecer y las licencias literarias, también. Pero el placer de escribir una crónica de este tipo para Cáceres, "una historia antes de la historia", es inmenso y nos vamos a dar el gusto de publicarlo. 

Hacer una historia natural para explicar nuestra propia historia no es ninguna tontería, sino todo lo contrario: es nuestra crónica más profunda y básica, la condición de posibilidad básica para toda experiencia humana. Y la mejor forma de tomar conciencia de esto es formulando una pregunta que podría plantearse como “¿Por qué hay una ciudad en Cáceres y no un erial?” (no es más que una variación de la eterna pregunta filosófica de “¿por qué el ser y no la nada?”). A la hora de buscar una respuesta adecuada no me queda otro remedio que conducir este interrogante a los primeros pobladores de la ciudad. Evidentemente, no fue una mera ocurrencia de un iluminado ni una intervención divina la que creó Cáceres: eso son privilegios que solo podrían suceder en sociedades mínimamente avanzadas, y no con los rudimentos tecnológicos del paleolítico, donde el hombre apenas tiene capacidad para manipular el medio que le rodea. En un entorno tan hostil como la penillanura cacereña, con inviernos relativamente fríos y sobre todo con veranos largos y sofocantes, la elección no estaba en manos de estos pobres pobladores, temerosos siempre de morir de sed, frío o hambre. Los hombres no eligieron construir Cáceres en su emplazamiento actual. Más bien, la naturaleza decidió por ellos y les obligó a asentarse aquí. Y los hombres, como seres biológicos que son, se vieron obligados a aceptar las reglas que les impuso esa naturaleza cacereña.
Acostumbramos a entender la historia como un producto exclusivamente humano, con decisiones libremente tomadas por los individuos y raras veces nos paramos a pensar en estos condicionantes estructurales que van más allá de nuestras propias capacidades humanas. Para entender estos condicionantes,  sin embargo, es preciso explicar otra historia alternativa, la historia antes de la historia. La línea del tiempo pasado anterior al hombre es rica en acontecimientos y catástrofes aunque no hubiera nadie para narrarlos. De hecho, forma parte de nuestro propio registro: es el terreno que habitualmente tenemos bajo nuestros pies, en el que nadie repara, porque damos por descontado que ha estado ahí desde el principio de los tiempos. Pero no ha sido siempre así. Más aún, si la historia natural de Cáceres no hubiese sido de la forma que lo narramos, los hombres nunca habrían puesto un pie en un lugar tan árido y difícil para la supervivencia estival como la llanura cacereña. Fue la falta de agua -entre otras cosas- la que hizo que entre el Tajo y el Guadiana hubiera un desierto poblacional y lo que la convirtió en una frontera natural en la Reconquista durante casi un siglo (entre 1150 y 1230). Cáceres o Trujillo se hicieron avanzadas estratégicas tanto de un bando como de otro y cambiarían de manos más de una vez. No había muchos lugares donde se pudiese crear una población estable y con expectativas de sobrevivir. Pensemos que la gravedad de este problema se traduce en  soluciones que ofrece la propia arquitectura local: no es casualidad histórica que el edificio más emblemático de Cáceres sea un gran aljibe musulmán del siglo XII, y no es el único de la ciudad. Cisternas, pozos y aljibes son comunes en muchas casas de la época.


Restos de crucianas en pizarras utilizadas en el palacio de Carvajal.
Partamos de una evidencia simple: una amplia mayoría de ciudades españolas, capitales de provincia o poblaciones de importancia, son bañadas por algún río hidrológicamente relevante, o están próximas de montañas que garantizan la afluencia de agua. En Castilla y León, todas las capitales son bañadas por el Duero y sus afluentes. Toledo, Madrid o Aranjuez hacen lo mismo con la cuenca del Tajo. En Extremadura tenemos ciudades antiguas como Plasencia, Coria, Mérida o Badajoz que solo pudieron prosperar por el Guadiana o afluentes del Tajo. De este entorno, Cáceres se convierte en una excepción casi única en la geografía española, que solo puede ser explicado en términos geológicos y que conlleva también problemas todavía no resueltos del todo –como el problemático abastecimiento de la ciudad-. Si la geología de la zona hubiera sido otra, directamente Cáceres nunca se hubiera emplazado en el lugar en el cual está ahora y ciudades como Plasencia o Mérida habrían ocupado ineludiblemente su posición.
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La evidencia de un mar bajo la ciudad.
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Ripple marks en la ermita del Risco, Sierra de Fuentes.
Supongamos una primera intuición interesante, de la que más de uno desconfiará: todo lo que pisa el cacereño de a pie fue hace millones de años el fondo del mar. De hecho, cuando excavamos apenas medio metro estamos pisando con toda seguridad arena del fondo del mar convertida en piedra dura. Igualmente, cuando subimos a un peñasco en la Montaña, cuando reconocemos las bases de piedra de los palacios de la ciudad antigua o simplemente cruzamos al lado de una zanja de pizarra en mitad de la ciudad, entramos en contacto con los restos de un antiquísimo océano, hoy extinto naturalmente.
Si existe algún escéptico en esta materia, tenemos una prueba empírica sencilla que ya en su día (hace 2600 años) el griego Tales de Mileto usó para defender sus teorías sobre un mar primigenio que inundó la tierra frente a sus conciudadanos: la presencia de fósiles acuáticos. Una persona observadora podrá distinguir en la Ronda Norte, en las canteras del Portanchito y otras zonas de la ciudad restos de animales marinos, especialmente conchas semejantes a almejas. Nadie ha visto las almejas en la estepa extremeña, que uno sepa. Luego existió un mar, hace millones de años. Incluso hay otra evidencia todavía más llamativa. Si subimos a las crestas de la Sierra de la Mosca, nos encontraremos con suerte surcos continuos en la roca que se denominan ripple marks, pero que comúnmente podemos considerar ondas o las oscilaciones de la arena en el fondo del mar por las corrientes de agua o el oleaje. Sí, en ese momento estaremos contemplando ni más ni menos que el fondo marino completamente petrificado ¡de hace más de 450 millones de años! Estas pruebas nos parecen suficientes para probar que ha existido un mar y vida en él diferente a la actual (siempre que no nos topemos con un creacionista) pero ¿cuándo ocurrió todo esto? ¿Cómo podemos datar este mar con precisión? La respuesta de los geólogos es por fortuna relativamente sencilla, y sin necesidad de hacer complejas pruebas de laboratorio.
 
Tenemos la suerte de contar entre nosotros unos fósiles extremadamente útiles en la datación geológica, denominados comúnmente graptolites. Estos animalitos formaban numerosas colonias con formas parecidas a las medusas –pero que nada tienen que ver con ellas- que quedaban flotando en la superficie del mar. Cuando estos animalitos morían, sus carcasas se depositaban en el fondo del mar y formaban fósiles con un parecido a los hilos de sierra. Este viejísimo fósil se repite en unos estratos determinados en prácticamente toda la geografía mundial y luego se extingue en estratos de roca más nuevos, lo que permite datar rocas del mundo entero con precisión, independientemente del lugar geográfico donde la encontremos. Y además tenemos más de una especie, lo que hace la datación todavía más exacta. El más típico representante cacereño, el monograptus, es del silúrico (400 millones de años) y lo encontramos repartido en un estrato de pizarras negruzcas –ampelitas- que atraviesa de oeste a este la ciudad, pero que se hace especialmente reconocible en el límite del parque del Príncipe con Aguas Vivas o en la cara este de las murallas musulmanas.

Otro tipo de graptolites (Bigraptus) junto a un posible fragmento de trilobites
(ladera trasera de la urbanización Universidad, ordovícico superior)
Por si fuera poco, además contamos con especies todavía más antiguas que se remontan al ordovícico (450 millones), presentes en la Sierra de la Mosca o de Aguas Vivas. Estos humildes fósiles guía se han encontrado en prácticamente todos los terrenos paleozoicos de la provincia, que coinciden en geomorfología con la comarca de Cáceres: las sierras de Monfragüe, San Pedro, Cañaveral o las Villuercas repiten fósil y con él, unas rocas que nunca faltan y que se ven en las cumbres de todas estas sierras: la cuarcita armoricana.


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Un océano muy rico en vida (450-300 millones de años)
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Skolitos en el cerro del milano (ordovícico)
Una vez que podemos demostrar con evidencias la existencia de un mar, reconstruyamos nuestra propia historia natural. Tenemos constancia de que el mar estaba presente en las tierras cacereñas desde por lo menos 600 millones de años. De ese mar, sin embargo, sabemos bastante poco. Lo constituyen las pizarras y grauwakas que emergen al norte de la ciudad, pasadas las estribaciones montañosas de la Sierra de la mosca y que se extienden por una parte importante de toda la provincia. Sabemos que la profundidad del mar era grande, y que apenas quedaron fósiles visibles a simple vista –en cualquier caso, en aquella remota edad, los animales eran extremadamente simples y no fosilizaban con facilidad-. Sin embargo, esas condiciones cambian en torno a los 5oo millones de años, en los comienzos de la era paleozoica, una edad mucho más compleja desde el punto de vista de la biodiversidad. El mar empieza a perder profundidad, y esto permite la formación de rocas diferentes, como las cuarcitas, pizarras, areniscas y calizas que marcan la geología cacereña, al tiempo que permite la mayor presencia de seres vivos, que genera a su vez mayor número de fósiles. La alternancia de distintos estratos albergando rocas diferentes significa distintos avances y retrocesos en el nivel del mar, así como sus condiciones de deposición. Esto es lo que nos encontramos claramente al cruzar la gran zanja de la Ronda Norte, al cortar la Sierra de Aguas Vivas. Las rocas nos cuentan la historia de un océano con flujos y reflujos y naturalmente, con fósiles.

Braquiópodo del Portanchito (silúrico-devónico)
Así sabemos que en el periodo Ordovícico, se empiezan a acumular en el mar arena que después queda petrificada, formando estratos que nos permiten reconstruir el fondo del mar, y más aún, mostrando ocasionalmente grandes acumulaciones de restos orgánicos que los geólogos lo atribuyen a grandes tormentas o a fenómenos de tsunamis, terremotos marinos. En estos estratos nos encontramos con la actividad de unos bichitos que fácilmente nos puede recordar a los animales de la playa que se refugian dentro de la arena. Estos bichitos (supuestamente, gusanos de gran movilidad o algo parecido) construyeron profundas galerías que sorprendentemente nos han llegado hasta nuestros días: es lo que los paleontólogos llaman skolithos. No son los animales propiamente dichos, sino sus obras de ingeniería en el fondo de mar cacereño de hace 450 millones de años. Estos skolithos son muy abundantes y fáciles de localizar especialmente en las estribaciones del Cerro del Milano; tienen forma de pequeños botones sobre la piedra, cuando vemos el plano de exfoliación del estrato y contemplamos la superficie plana del mar, o más llamativamente creando finos tubos de piedra en la masa de la cuarcita armoricana, cuando los encontramos en estratos de perfil. Son una recompensa paleontológica fácil para el recién llegado al mundo de los fósiles. Más aún, si rastreamos con un poco de suerte las sierras cacereñas en sus estratos más altos, nos encontraremos los restos de otros famosos animales de la época: los trilobites y lo que denominan cruzianas.
Estos son los restos del peregrinaje continuo de estos animalitos en el fondo del mar en busca de comida. Sus restos son a veces tan frecuentes que las pistas se cruzan entre ellas y las rocas que los conservan forman dibujos aleatorios extraños y geométricamente estéticos. Sin necesidad de salir al campo, algunas de estas cruzianas  -o algo parecido- se pueden observar todavía en las piedras pizarrosas de la parte antigua, en las cercanías del palacio de Carvajal. Sin embargo, de esta época apenas nos quedan más restos. Tenemos mucho más suerte si nos aproximamos algo más en el tiempo. A finales del ordovícico los fósiles se hacen más frecuentes, el mar acumula otra sedimentación que permite la creación de pizarras y areniscas, y nos encontramos con trilobites, nautilodeos, crinoideos, braquiópodos y graptolites. Esto ya nos permite reconstruir con precisión un mar poblado por criaturas extrañas, con sus pequeños monstruos (los escorpiones marinos) y sus presas, los trilobites y gasterópodos. Habría multitud de animales excavadores en el fondo de las aguas y colonias flotantes en la superficie (los graptolites), mientras se extendían los bosques de crinoideos. 
Colas de trilobites del ordovícico superior (La montaña)


     En nuestro entorno, esta diversidad aparece bien recogida en los cortes de la Ronda norte, donde se suceden estratos con graptolites, areniscas con crinoideos y un tipo de pizarras ricas en un braquiópodo, muy posiblemente del género lingula, que constituyen un ejemplo interesante de fósil viviente. Igualmente en el cauce del riachuelo que atraviesa el parque del Príncipe, podemos encontrarnos areniscas con restos de crinoideos. Más interesante todavía, desde el punto de vista de la diversidad de fósiles y de su estado de conservación, lo constituye el yacimiento de fósiles que se encuentran en las canteras antiguas del Portanchito, donde afloran unas areniscas más o menos ferruginosas que son muy ricas en braquiópodos y nautiloideos.
      Antes de terminar de hablar sobre este antiquísimo mar, tenemos que hacer todavía otra prueba de imaginación y pensar en algo más atrevido todavía: los restos del mar que afloran en nuestras rocas no son los restos que estaban “justo aquí” desde hace cientos de millones de años, en nuestra posición geográfica del hemisferio norte. Son restos y fósiles de animales que en realidad vivieron a miles de kilómetros de distancia. Más concretamente, en el hemisferio sur en un lento movimiento desde el polo hacia el ecuador de la tierra, en un viaje en el que las actuales tierras cacereñas eran una parte indistinta de la pequeña placa ibérica. ¿Cómo es esto posible? Entendiendo que nosotros no estamos quietos sobre la superficie de la tierra, sino que nos movemos de forma imperceptible sobre placas continentales flotantes sobre el manto terrestre.
 

terça-feira, 3 de fevereiro de 2015

DE VISITA AL.. CERRO ROMANOS


 Cuarcitas mirando la Sierra de San Pedro desde el pequeño rellano de la cima, en pleno enero.
Trincheras excavadas en la guerra civil, orientadas hacia el sur, y que nunca llegarían a ser escenario de lucha. En Cáceres los sublevados -antes llamados sin ningún pudor "nacionales"- intentarían proteger la ciudad de cualquier imprevisto que pudiese provenir de ese flanco.
     Alguna vez, en los primeros tiempos de este blog, habíamos hablado del Cerro Romanos. Allí habíamos encontrado estupendas cristalizaciones de cuarzo y fosforita masiva en abundancia, en una pequeña explotación que sin duda obedecían a las labores menores que acompañaron a las minas de Aldea Moret. En realidad, el cerro era bastante más amplio del que el GP creia y no habíamos subido más que a una de sus lomas bajas. Como pasa en ocasiones, habíamos confundido el todo con una de las partes. 
    Pasó algún tiempo -años- antes de que el GP volviese por esos andurriales, sobre todo, porque cuando podía ir por allí era tiempo de cazadores y los tiros espantan a los camperos como nosotros. Pero en el verano pasado regresamos y hace pocos días lo volvimos a visitar en pleno invierno, una vez pasada la temporada de caza...
     Hay varias cosas que podemos visitar en todo el conjunto del cerro. Partiendo de Santa Lucía, ermita a la que llegamos desde Aldea Moret, la subida al cerro está facilitada una vez que atravesamos la zona de coto de caza. En las laderas orientadas al sur podremos encontrar explotaciones pequenas de fosforita, junto con cuarzo. Ascendiendo más hacia su cima, atravesaremos una gran trichera construida en la guerra civil, y orientada en dirección SE-NO. Siguiendo la propia trinchera, nos toparemos con un gran filón de cuarzo, de varios metros de grosor que se prolonga hasta el punto más alto del cerro.
     Desde el punto de vista geológico, las pequeñas escombreras donde localizar estos cuarzos y fosforitas, así como las formaciones cuarcíticas que lo acompañan hacen de este cerro una visita interesante para quien quiera hacerse una idea más amplia y completa de las mineralizaciones de fosfatos de toda la zona de Cáceres. Igualmente, ofrecen una perspectiva interesante para explicar la genésis no orgánica de estas formaciones fosfatadas del sinclinal, más vinculados con el contacto de estas unidades petrológicas -cuarcitas, pizarras y calizas- con un batolito rico en fósforo.   


 Perspectiva del cerro desde su pendiente más suave, desde la ermita de Santa Lucía, en pleno mes de julio.

Explotación pequeña de fosforita en una de las laderas del cerro. La paragénesis es fundamentalmente dahlita-cuarzo-óxidos de hierro y la roca encajante lo constituyen sobre todo cuarcitas.

La foto de la derecha corresponde a una de las múltiples drusas de cuarzo, con ese color anaranjado característico por su contacto con esos óxidos de hierro.


Dahlita palmeada con cristalización de cuarzo y óxidos en el interior. Este ejemplar apareció en la escombrera de otra explotación en otro punto del cerro.
En la cumbre del cerro destaca un gran filón de cuarzo de bastante grosor, y que constituye su punto más alto. Acompañando a ese cuarzo filonario, otras muchas vetas más pequeñas lo acompañan y atraviesan la cuarcita armoricana.
Laccaria lacata, a mediados de enero. Un pequeño hongo extremadamente abundante a finales del otoño y cuya presencia se prolonga durante los meses de invierno. Aqui era fácil verlo acompanhando a los pisolithus. Al tratarse de una zona de caza, desconocemos qué especies podemos ver durante el otoño.

Pequeña espadaña y escudo nobiliario de los Mogollón en la portada de la ermita de Santa Lucía. Esta ermita se encuentra en la ladera este del cerro, y es el mejor punto para empezar un paseo por la zona.
El GP solía ir de pequeño a la romería que se celebraba en diciembre en honor de esta santa (una historia de ceguera en mi familia hizo a mi abuela muy devota de esta fiesta). Hace pocos años hubo una polémica por los terrenos que rodeaban a la ermita, que siempre habían  estado abiertos al público y que fueron cercados... no sabemos muy bien para qué.

quarta-feira, 14 de janeiro de 2015

DE VISITA AL... EMBALSE DE SIERRA BRAVA (ZORITA)

 
 
El embalse de Sierra Brava, early in the morning. Aún abundan en el agua restos de árboles, buenos posaderos para aves acuáticas, sempre que no haya demasiados pescadores.
Bandadas de grullas posando en los llanos cercanos al embalse. Desde ahí vimos el aterrizaje de bandadas enteras.
Un pobre lagarto ocelado despertado de su letargo. Los ocelos azules,  y sus grandes escamas en la cabeza le delatan. Nunca el GP lo contempló con tanta tranquilidad...
 
 El embalse de Sierra Brava está ubicado en las cercanías de Zorita, en la carretera en dirección de Madrigalejo. Es un embalse construido en 1996 y se ha convertido en un interesante centro para la observación de aves y para la pesca. El G.P. no tenía ni idea de su existencia, pero su primo Carlos (ornitólogo entusiasta y amante de la fauna silvestre) ya hizo sus investigaciones particulares y se convirtió en el perfecto guía de la excursión. Nuestro objetivo principal era el avistamiento de grullas, unos bichos que el GP no había visto nunca antes (sí, carencias que tiene uno). 
Y lo cierto es que el comienzo de nuestra visita no fue nada esperanzador. Conforme nos íbamos acercando al embalse, atravesando dehesas, algunas bandadas de grullas levantaban el vuelo, pero no encontramos nada más. Al llegar al observatorio de aves, en la misma orilla, un pescador había puesto su coche justo delante, con lo que tampoco logramos ver nada allí. Tan solo una solitaria garceta se había atrevido a posarse sobre las ramas muertas de las encinas cubiertas por el pantano. 
       Un poco más de fortuna tuvimos dando una vuelta por la dehesa del lugar: un sapo corredor y un lagarto ocelado compartían sueño bajo un madero muerto que el GP no pudo evitar la tentación de levantar. Cogujadas, herrerillos, carboneros, petirrojos, lavanderas y colirrojos iban de una encina a otra en la dehesa. Carlos, que andaba estrenando cámara nueva, no dejaba de disparar fotos en medio de insultos y amenazas a sus amados bichos: "no te muevas, cabrona", grandísima hija de puta" etc etc; una extraña forma de manifestar nuestro amor por estos pajarillos (en cualquier caso, siempre es mejor disparar una cámara que una escopeta). Las fotos que aquí mostramos, por cierto, son gentileza de nuestro primo. El GP ha perdido pericia con estos bichos... Sí se entretuvo más con un fantástico corro de setas formado por pie azul, la única seta invernal que encontramos en la dehesa.
         Cuando decidimos ir a la presa del embalse, nuestra suerte cambió por completo. Camino del mismo tuvimos la suerte de ver grandes bandadas de grullas en búsqueda de comida por la dehesa, junto a las siempre presentes avefrías. Y ya en la presa, nos aguardaba el espectáculo de ver miles de anades en el centro del pântano: lo que eran esos bichos es algo que dejo de la mano de Carlos. Aunque esto es un espectáculo habitual para los lugareños y otros muchas personas escasamente interesadas en el mundo de las aves, teníamos la sensación de colarnos por un momento en un documental de naturaleza y ser sus protagonistas. Y todo esto en una mañana... la visita bien que había merecido la pena.  
Típicas formaciones de "dientes de perro". Enclavado en el alodomo extremeço, las grauwakas y en menor medida las pizarras hacían su aparición con este relieve residual.
Miles de patos congregados en el embalse, con la sierra de Logrosán al fondo.
Un sapo corredor incordiado por el GP al levantar un tronco. Tenía la sensación segura que algo habría debajo. Lamentamos la faena para el pobre bicho...

sábado, 3 de janeiro de 2015

CLITOCYBES GIGANTES Y CUARCITAS EN LA SIERRA DE AGUAS VIVAS

     La sierra de Canaveral al fondo, con las nieblas del Tajo cortando su base.

      Lo bueno de subir al monte de Aguas Vivas (desconozco su nombre ahora) es que se puede convertir en cita tanto para amantes de las setas como de la geología. Y para estas épocas del año, donde se hace ya aconsejable un cambio de tercio en nuestras preocupaciones naturalistas hace de transición inevitable. Así que después de buscar unas cuantas setas -que todavía aparecían por todas partes- nos centramos en mirar por los canchales y buscar cuarzos y cuarcitas en algunos lugares visitados por los buscadores de piedras -basta mirar la cantidad de rocas partidas que hay por algunas partes para saber que por ahí han pasado los picapedreros-. En este lugar podemos encontrar hermosos cuarzos cristalizados y minerales mucho más raros como las atanasas Nosotros acabamos mirando más las cuarcitas y sus formas...
     
 Clitocybes gigantes fotografiados pocos días antes de acabar el 2014. Nuevamente, setas completamente fuera de temporada. Formaban una hilera enorme en un entorno dominado por retama, cantueso, brezo y encinas bajas y algunos de los sombreros llegaban a los treinta centímetros. Esta seta solo la hemos visto en otra ocasión en Sierra de Fuentes, hace unos cinco años. Aquí aparecían en la ladera oeste del monte, justo la opuesta a la ciudad.

     Dos fotos curiosas, de estratificación y plegamiento y que el GP en sus tiempos más jóvenes no era capaz de distinguir muy bien... 
    En la imagen de arriba, vemos una estratificación cruzada en la cuarcita  armoricana de la Sierra de Aguas Vivas. Abajo, el inicio de un plegamiento de los estratos cuarcíticos. La primera imagen nos muestra una estructura típicamente sedimentaria. En cambio, la de abajo son ya efectos de un metamorfismo débil en la zona, pero capaz de iniciar un cambio morfológico en las rocas. 
Fantásticas ramarias, hongos de forma extravagante, muy abundantes bajo las encinas con mucho humus. Algunas de estas ramarias se nutren de madera muerta, como ocurrió en la propia casa del GP en las últimas navidades con el serrín pocho del Belén.
Las primeras flores del cantueso por la sierra. Al igual que la retama blanca, no es difícil encontrarlas empezando la floración desde principios del invierno. 
Últimas muscarias de la temporada, antes de las primeras heladas de enero. ¡Hasta la temporada que viene, queridos hongos!

quarta-feira, 24 de dezembro de 2014

NÍSCALOS NAVIDEÑOS, OTOÑO CALIENTE




Lactarius Deliciosus. Según los expertos, un tipo de níscalo superior al L.Deliciosus, en cuestiones culinarias, es el sanguifluus, aunque verdee algo más. El GP da buena cuenta de los níscalos del campo de su familia.
Gotitas de la leche naranja, propia de los níscalos y buen indicador para evitar confusiones con otros lactarios similares, como el níscalo falso de la encina (de leche amarilla). Queda para otro año un reconocimiento pormenorizado de níscalos.

    ¿Quieren un buen indicador de temperatura para nuestrro otoño? Pues consulten a los hongos. El GP no había visto tal cantidad de setas a finales de diciembre (ya con el invierno entrado) como en este año, de la misma forma que nunca vio una explosión de setas semejante a la que vimos ya en la segunda semana de septiembre. En años anteriores, la temporada de setas quedaba reducida de la segunda mitad de octubre hasta las primeras semanas de diciembre. En navidad era habitual encontrarse con setas de temporada como el pie azul o los champiñones más resistentes. Sin embargo una seta como el níscalo, aunque aguante las primeras heladas, no resultaba tan común en esta época, al igual que algunos boletus que hemos visto estos días. En definitiva, la temporada de setas de este año ha comenzado al final del verano y ha aguantado hasta el comienzo del invierno. Casi cuatro meses enteros con setas hasta las orejas.


      La razón no es casual; según la AEMET, estamos ante el otoño más caluroso desde que se inició la serie en 1961, con un valor que supera una media de 2,4 grados a la temperatura media de esta época del año. Pero al mismo tiempo, ha sido un otoño generoso en lluvias. Humedad y calor, la síntesis perfecta para que las setas llenen nuestros montes, pero no solo ellas. Afluencia de níscalos en diciembre, campos resguardados con flores, falta de heladas,
 anfibios que se siguen viendo más de la cuenta… Y eso que la zona de Cáceres ha sido la que menos se ha separado de la media histórica, con tan solo un grado más de lo normal, pero disfrutando de un otoño en general húmedo. Indudablemente, nuestra época es una época de excesos climáticos, probable resultado de los excesos propios de los hombres. El futuro pinta ecológicamente muy desajustado e imprevisible, y el GP tiene la sensación de tener que disfrutar al máximo de determinados momentos como este otoño tan micológicamente activo. Vaya usted a saber lo que nos deparará el futuro.  
Selfie del GP. cuando busca setas en su campo.
 La ovejita del Belén les desea felices fiestas y feliz año.