sexta-feira, 1 de maio de 2015

BUSCANDO ALTRAMUCES POR EL CAMPO

      Esta semana, en el último día de abril, el GP ha cumplido un deseo escondido que tenía hace bastante tiempo: llevar a sus alumnos al campo. Con una asignatura como las ciencias sociales en inglés, y con una edad como primero de la ESO (12-13 años), se podía intentar al menos. Así que el GP marcó una de sus rutas más típicas y poco exigentes para poderla hacer en pocas horas, que al menos abriese una ventana al campo y el bosque mediterráneo a los chicos. Esto lo conseguimos subiendo al punto geodésico de la sierrilla, en una marcha de tres horas. Pero antes de llegar a ese punto, haríamos una gymkana en la que repasaríamos la geomorfología de la Ronda Norte, las especies invasoras en el parque del Príncipe y el bosque mediterráneo a lo largo del trayecto. Este tipo de excursiones se hacen necesarias cuando en clase uno estudia el bosque mediterráneo y luego sale al campo y no saben reconocer un alcornoque o una encina (y mucho menos la diferencia entre ellos dos). Entre esta gente en el que el contacto con el campo se reduce muchas veces a una pantalla de móvil u ordenador, era necesario ampliar espacios y romper el aula.
    El problema estribaba ahora en cómo desarrollar toda la actividad. Cómo podríamos identificar plantas y las rocas, las fallas, los cangrejos... Al menos para una planta, que es la que comentamos hoy, había una buena pista: el altramuz silvestre ya había pasado su floración y ahora, en lugar de sus típicas flores azuladas, quedaban colgando multitud de típicas vainas, como buena papilonácea o leguminosa que es. Así que el día anterior el GP anduvo recogiendo vainas de altramuces para que todos los chicos pudieran identificarla en el día siguiente. A cada uno se le dio una vaina y se le pidió que hiciera una foto del altramuz nada más ver una planta con esas semillas. Como el nombre altramuz despistaba un poco, aconsejamos que nadie se le ocurriese comerlas, porque por lo que parece, resultan indigestas y hasta venenosas. 
     Quien quiera buscarlos puede encontrar altramuces silvestres por toda la subida al depósito de la sierrilla desde la Ronda Norte (en la misma Ronda Norte también los hay), pero ya no veremos su floración, que acabó a mediados de abril, sino solo sus frutos. Naturalmente es una planta extendida y puede ser localizada en otros muchos sitios; además su porte es algo superior al de otras muchas plantas herbáceas y  suelen aparecer varios ejemplares juntos.              Lo que apenas ha habido este año en la subida a la Sierrilla con su debido crecimiento han sido las cañalejas, esas espléndidas plantas de porte casi arbustivo y con flores que pueden alcanzar los dos metros. Durante otras primaveras e inviernos, las cañalejas inundaban todo el tramo de subida al depósito y este año, apenas sacarán algún fruto. Qué se le va a hacer: caprichos del clima cacereño.



sexta-feira, 24 de abril de 2015

PATITAS DE BURRO EN EL GUADILOBA

Morae sisyrinchium o lirio azul creciendo alegremente y sin complejos entre la cebada ratonera y otras gramíneas en las cercanías del embalse del Guadiloba.
    
    Aunque la primavera ha sido algo irregular en cuanto a lluvias, hay algunas flores que no nos abandonan ni cuando las cosas se ponen secas y feas. Hablamos aquí de las "patitas de burro" o Iris o Moraea sisyrinchium, una especie extremadamente común en nuestros entornos de Cáceres. Las fotos corresponden a los alrededores del embalse del Guadiloba, cuajado con estas flores antes de las lluvias de este mes. Pero en realidad, cualquier terreno por el que andemos, sin importar mucho sus características, puede tener centenares de estas pequeñas y existosas plantas.
       A esta planta parece importarle relativamente poco la lluvia. El campo andaba medio seco hace unas semanas, y sin embargo, la patita de burro aparecía con alegría en medio del resto de las plantas escasamente florecidas. Algunas bulbáceas consiguen cierta autonomía si en su bulbo consiguen almacenar reservas suficientes para desrrollarse adecuadamente. Este parece ser el caso de este tipo de lirio, pero no así en otras especies. Por poner un ejemplo del que ya hemos hablado, las orquídeas han tardado en aparecer, y tan solo la Orchis Champaneuxii parece disfrutar del ambiente y haber aprovechado muy bien las lluvias de abril. Los allium y los gladiolos han estado como siempre. Pero las lluvias han aparecido un poco tarde para las maravillosas Ophrys tenthredinifera, de la que solo hemos visto un ejemplar algo pasado ya en las zonas calizas de la Cantera María Antonia. Ciertamente, la vida ocupada del GP no ha dado para muchas más alegrías naturales y nos faltan más salidas al campo para corroborar todo esto, pero nos parece a nosotros que otros años aparecían con más abundancia.   
 Otro tipo de lirio menos extendido: Iris Xiphium. Este lo encontramos en las escombreras de una de las minas de Aldea Moret, solito entre los pedruscos calizos. Entre las flores una extraña araña cangrejo se está zampando una mosca.

sexta-feira, 3 de abril de 2015

DE VISITA A... LAS MINAS DE PLASENZUELA

       
      Restos de una de las torres (dos paredes en paralelo) de las minas de la zona.
Restos de la torre: se combina el uso del ladrillo, la mampostería de granito y el uso grosero de materiales líticos de la zona.
 
      Volvemos al tema geológico, y lo hacemos con unas visitas que hemos realizado en este pasado invierno al grupo de minas de los alrededores de Plasenzuela. Son un conjunto minero que desde la carretera entre Cáceres y Trujillo se puede observar con relativa facilidad assomando entre las colinas adehesadas; superando las encinas se intuyen viejas torres de fundición y algunas escombreras de pizarra que muestran el antíguo patrimonio minero de la zona. Todos estos restos mineros se hacen más visibles tomando el camino hacia Plasenzuela desde la carretera Cáceres-Trujillo. En el valle desarbolado que atravesamos con el coche es fácil concentrar la vista en estos edificios y divisar nuevamente, los restos de chimeneas y torres. Otra cosa muy distinta, como siempre pasa, es llegar a pie hasta estos lugares. Muchas de estas minas están ahora cercadas y en terenos particulares, lo que no facilita mucho la visita. En algunos foros de geologia, los visitantes se quejaban de  alambradas y broncas de propietarios poco empáticos con los amantes de las piedras. Sin embargo, la que el GP ha visitado apenas reviste dificultad y no nos adentramos demasiado en terrenos ajenos. Las fotos de las torres, si el GP no se engaña, pertenecen a la mina Petra, aunque no lo sepa con seguridad.

     Vamos a nuestro asunto:  en términos geológicos, el suave valle que visitamos, sobre el que se instalan algunas de estas minas, constituye el limite entre el batolito de Plasenzuela -que se observa en los bolos graníticos y peñascos mirando hacia el este- y el conjunto pizarroso, soso y aburrido del Alodomo centroextremeño. Es una zona por tanto con cierto metamorfismo de contacto que puede observarse en algunas de las pizarras y esquistos de la zona, aunque no resulte tan llamativo como en otras partes. Los que saben de estas cosas, comentan que en el contacto de ambas formaciones geológicas, y en zona predominante de cizalla -una deformación particular de las rocas ígneas-, se filtraron en vetas y filones toda clase de compuestos químicos rarillos, que acabó ofreciendo una paragénesis denominada tecnicamente de Zn-Pb-Ag. Es decir, que estamos en una zona con altos índices de sulfuros de plomo (galena) y zinc (blenda), junto a otros sulfuros y antimoniuros más complejos. Para acompañar todo esto, además, tenemos cuarzo y siderita como minerales predominantes. No piensen que todas estas maravillas se ofrecen en forma de cristalones atractivos y deseados por los pedrusqueros. Nada de eso: son formas densas, en general, de siderita y blenda. Y todo esto removiendo la pizarra dominante. A pesar de ello, el GP se llevó muy contento para casa algunos ejemplares de siderita y blenda masiva "encajada" en la roca dominante (contando con que no tenía estos minerales, la visita fue un tremendo éxito).

     Estas minas de plomo, muy típicas en nuestra región -sobre todo Badajoz-, 
fueron explotadas masivamente en la época del "expolio" minero español, es decir, la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del siglo XX, tiempos dorados del plomo en todo el país. Los restos arqueológicos que observamos tienen ya más de cien años, pero no parecen importar demasiado. Lo que nos queda en las torres son típicas construcciones que alternan ladrillo -en las ventanas-, cuarcitas y burda argamasa en los muros y sillares de cantería en las esquinas, como si de antíguas fortalezas medievales se tratase. Toda la estrutura de madera que estaba en el interior de las torres está naturalmente desaparecida y las entradas a los pozos oportunamente tapadas en recientes obras de rehabilitación de la zona. Merece la pena detenerse ante las imponentes chimeneas de ladrillo y los hornos de fundición. Son restos de un passado minero ya lejano, pero que en Plasenzuela no se há olvidado por una suerte de reconversión del sector. Del plomo se han pasado al granito, y en el batolito se abren canteras considerables de esta roca.
   
Mineralizaciones de blenda. Junto a ellas, era fácil encontrar siderita masiva y también cuarzo filonario con pequeños cristales de blenda, pirita y galena.

quarta-feira, 1 de abril de 2015

TIEMPO DE BREZOS... Y CEREZOS

 Laderas de Peña Negra, cubiertas de brezos en flor.


 Hablábamos de los brezos cacereños hace una semana, y apuntábamos que lo que resulta una aparición esporádica en la sierra de Aguas Vivas era un manto rosado en las sierras del norte de la provincia. Así que, mientras los del Jerte se entusiasman con el cerezo en flor, nosotros buscamos también alguna belleza alternativa en las cumbres de la sierra de Tormantos, en las cercanías de Peña Negra (a unos 1400 metros de altura). 
Allí, los densos brezos se extienden por todo el paisaje y se convierte en el arbusto dominante, por encima de las retamas y los piornos. Extremadamente resistente tanto al frío como a los incendios, crean un espectacular paisaje en estas cumbres peladas y sin apenas arbolado.  Decíamos que estos brezales constituían antiguamente un importante recurso energético para las familias piornalegas: la robusta base lignícola del brezo tiene una potencia calórica nada desdeñable que la hacían muy apetecible para soportar los rigores del invierno en la sierra...

En las laderas, mientras, florecen los cerezos. Vista desde la Viña Blanca, a unos cuatro kilómetros de Piornal.

domingo, 15 de março de 2015

TIEMPO DE BREZOS

    
 Brezo español (Erica australis), más extendido en el pinar del olivar que en su parte más baja.  

   No hay demasiados brezales en los mismos alrededores de Cáceres, predominando la jara como arbusto dominante, pero aún así podemos disfrutar de ellos en rincones selectos, y el olivar de los frailes es uno de ellos. En esta primavera seca y fea, la flor de los brezos nos distrae un poco de la falta de otras alegrías y el último fin de semana con la bicicleta pudimos distinguir los dos tipos que dominan por nuestra región: el Erica australis -o brezo español- o el Erica arborea -o brezo blanco-. Los ejemplares de este entorno cercano no alcanzan ni el diámetro ni el porte amplio que podemos apreciar en las sierras del norte de la provincia, como en las cumbres peladas de Piornal, pero sí llenan de color las laderas de la Sierrilla, en un denso matorral emergido entre pinos carrascos y encinas.
      Estas especies son de las más exitosas y competitivas que haya en el entorno mediterráneo. Típicamente son de las primeras plantas en aparecer después de cualquier incendio, y resisten muy bien el fuego. En Piornal el GP ha visto grandes extensiones de brezo quemadas y que volvían a brotar al año siguiente desde sus tubérculos. Es natural que grandes espacios destruidos por el fuego hayan sido tomados por brezales como el arbusto sustitutivo de antiguos bosques. Y aunque constituyen una gran pérdida, en pueblos como Piornal los brezos eran extremadamente apreciados por su tronco basal o más técnicamente hablando su "lignotubérculo", es decir el engrosamiento considerable del tronco en su contacto con el suelo y su raíz, con un considerable potencial calórico y muy buscados antiguamente como madera para braseros y hogueras. 
Precioso brezo blanco (Erica arborea) en plena floración.

La falta de lluvia no da demasiadas alegrías, aunque las Orchis han aparecido, como siempre, en la cima del cerro Otero. Las Ophris, sin embargo, siguen ausentes.

sábado, 7 de março de 2015

BUSCANDO EL ROMÁNICO DE CÁCERES ENTRE LAS CIGÜEÑAS


   Restos de canecillos reutilizados y ventanas con arcos de medio punto en Santa María dan la apariencia románica a un edificio que en realidad es en su mayor parte del siglo XV. 


Canecillo románico con motivo vegetal en la iglesia de Santiago, proveniente de los restos de la primera iglesia del siglo XIII.
   Ventanuco románico en la torre de la iglesia de Santiago. La parte noble se construye en granito; en cambio, el resto del edificio se hace con cuarcita, antiguamente encalada en blanco para ocultar su pobreza.

    Hoy proponemos cambiar de tercio, y dejamos el campo, poco atractivo durante este último febrero frío y poco lluvioso, para centrarnos en lo que podemos encontrar en nuestra ciudad vieja: cigüeñas, muchas cigüeñas, y una dosis de arte, otra de las pasiones del GP poco conocida habitualmente en este blog...  
     Febrero es como decimos, un buen mes para subir a una buena atalaya -el GP tiene en estima la torre de Bujaco- y observar un buen rato las idas y venidas de las cigüeñas sobre los tejados del casco viejo. Pero también es un momento excelente para contemplar la letra pequeña de nuestra ciudad, los detalles que no aparecen en las guías turísticas al uso. Y a eso se va a dedicar el GP hoy.

    Decididamente, el estilo artístico de las iglesias cacereñas tiene un cierto toque de fascinante eclecticismo que pone a prueba nuestra capacidad de encasillar un edificio dentro de un estilo arquitectónico determinado. Cualquier guía propone el gótico para cortar por lo sano discusiones eruditas, pero sabe perfectamente que su respuesta es bastante imperfecta. Si cogemos una iglesia como Santiago o Santa María, podemos localizar fácilmente elementos que van desde el románico hasta el renacimiento, y todo ello bajo una armonía arquitectónica difícil de encuadrar. 
      Un ejemplo estupendo son los elementos decorativos de algunas iglesias cacereñas: los canecillos, pequeños salientes en piedra bajo la cornisa de los tejados, en los ábsides o las portadas, muy típico del estilo románico. Pero este estilo apenas roza nuestra región, por el sencillo hecho que en los tiempos de esta moda arquitectónica, buena parte de Extremadura se encontraba bajo el dominio musulmán (siglos XI y XII). ¿Cómo es posible entonces que en pleno gótico del siglo XIV una iglesia como San Juan tenga canecillos románicos, nos podemos preguntar? En realidad, la culpa es del observador del siglo XXI, y no la del maestro cantero medieval, que indudablemente hace lo que le viene en gana y no tiene que rendir cuentas a un historiador del arte. 
      En cualquier caso, hay hipótesis para este arcaicismo buscado. La más simple es que directamente, reutilizamos materiales antiguos para mostrar la permanencia con el pasado -como sugiere Santa María o Santiago-, y cuando no los tenemos, los construimos, como en San Juan. Quizás los primeros moradores de la ciudad querían recuperar un recuerdo de sus lugares de origen (leoneses fundamentalmente), o quizás era una forma de demostrar que eran "castellanos viejos" y que pertenecían al mundo cristiano desde los tiempos del románico. No es tampoco algo solo propio de Cáceres. Trujillo, Plasencia e incluso Mérida tienen edifícios tardorrománicos que están ya completamente pasados de moda en el momento de su construcción y que se levantan con estas intenciones ideológicas y artísticas tan peculiares. En cualquier caso, una interesante amalgama de estilos que pone a prueba nuestros prejuicios históricos.

 Canecillos románicos y gárgolas góticas comparten espacio en Santa María 
     

domingo, 22 de fevereiro de 2015

HISTORIA NATURAL DE CÁCERES (2ª PARTE)




Un periodo crucial para la historia cacereña, el carbonífero (330-300 millones BP)

Habíamos dejado nuestra historia natural de Cáceres sumergidos en los mares del Paleozoico, en la silenciosa compañía de trilobites, braquiópodos, lingulas y nautiloideos. Este mar antiguo se mantendrá muchos millones de años, concretamente hasta el famoso periodo carbonífero. En otros puntos de España, este periodo da lugar a formaciones de carbón, pero no es el caso de nuestra ciudad. Aquí todavía estamos bajo el mar, y los pantanos con su vegetación exuberante y tropical no llegan a nuestro entorno. Pero sin embargo, el océano pierde profundidad y se convierte en un mar somero, muy atractivo para albergar gran biodiversidad. Esto permite la formación de un tipo de roca, la caliza y la dolomía, que va a ser de vital importancia para la futura ciudad de Cáceres y la posibilidad de que el ser humano pueda establecerse en estos parajes tan secos. Estas calizas, al menos una parte de las mismas, tienen un origen orgánico: están constituidas fundamentalmente por el aporte de carbonato cálcico de muchos seres vivos y en nuestra ciudad son fundamentales los fósiles de crinoideos. En muchos lugares del Calerizo podemos encontrar pequeños troncos laminados blancos sobre la piedra oscura caliza. En realidad es solo una pequeña parte del cuerpo de estos animales, que después se ramificaban y tomaban el aspecto de plantas acuáticas. Dado el número que nos podemos encontrar en nuestras calizas, podríamos imaginarnos el mar cacereño de entonces como una especie de selva sumergida por estas criaturas extrañas con forma de planta, pero que en realidad son animales.
    Decíamos que la creación de calizas en esta época del carbonífero va a ser crucial, imprescindible, para explicar después la vida humana en nuestro entorno. Como es bien sabido, las calizas son rocas fácilmente alterables con la lluvia –no en un año de precipitaciones, sino en doscientos millones de años de lluvias seguidas- y crean cavidades y cavernas con facilidad. Cualquiera que pise los cerros de Aldea Moret se dará cuenta de la superficie agrietada y angosta de sus montes  (Lo que llaman en geología lapiaz). Esto provoca la existencia de acuíferos muy importantes, por un lado, y de cuevas susceptibles de ser habitadas en el futuro, como Maltravieso o Santa Ana. Con ellas, la muerte por sed o por frío parecían alejarse para los futuros hombres que habitasen el lugar. Mucho tiempo después y ya en el presente, los cacereños usarán estas piedras para la obtención de un bien básico en construcción: la cal. Todavía hoy, quedan diseminados por muchos lugares antiguos hornos de cal, cuya actividad se extinguiría en torno a los años cincuenta, cuando el mercado nacional hizo poco rentable esta actividad a escala local.

En esta época compleja de movimientos geológicos, empiezan a aflorar en la superficie cacereña grandes masas de rocas procedentes del interior de la tierra: a diferencia de los volcanes, su ascenso va a ser lento y suave, que les permite enfriarse y solidificarse cuando llegan a la superficie. Son los granitos que aparecen al oeste y sur de la ciudad, y que forman el entorno de Malpartida de Cáceres. Ellos son no solo los culpables de esos fantásticos bolos del berrocal de los Barruecos –no es el único en formas curiosas- sino también de buena parte de la riqueza minera de la que ha disfrutado Cáceres en el siglo pasado y hoy en día: la abundancia del fosfato, litio y estaño en estas rocas, en forma de fosforita, casiterita y ambligonita, explica que hayan existido en los últimos 150 años explotaciones mineras en los alrededores de la ciudad que se beneficiaban de estos recursos: Las antiguas minas de Aldea Moret, Valdeflores, El Trasquilón o Las Arenas estaban vinculados, de una forma o de otra, con esa emergencia plutónica. Hoy en día, todos los yacimientos están paralizados o agotados, y hemos pasado de explotar minerales a beneficiarnos de la propia roca del granito con cierto éxito: varias canteras han explotado el granito y la caliza.   

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La tierra emerge (300 millones de años- actualidad)
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A mediados del carbonífero, en torno a los 300 millones de años, y tras un periodo de regresiones y subidas del nivel del mar, Extremadura emerge por primera vez conocida del océano y se convierte en tierra firme, parte de una isla que ocupará buena parte de lo que después será la península ibérica. Esta isla va a la deriva, a los lomos de una placa continental que por entonces se ubicaba prácticamente en pleno ecuador, inicia el viaje hacia su actual posición en el hemisferio norte, en la latitud que hoy conocemos. El origen de este levantamiento nuevamente lo explica la tectónica de placas. En aquella época, dos grandes placas continentales chocan –como actualmente la India sobre el Tibet- y hacen levantar montañas y desaparecer mares. La orogenia hercínica o varisca va a hacer que Extremadura se convierta en tierra firme hasta el día de hoy. Resulta difícil pensar que el actual terreno extremeño pueda ser montañoso por causa de la orogenia. Pero tendríamos que imaginarnos el Pérmico –el último periodo del Paleozoico- con cadenas montañosas y valles arbolados. Este periodo cálido y crecientemente árido que acaba con una gigantesca extinción de la vida paleozoica hace 251 millones de años.
Nada de esta gran catástrofe nos cuentan las piedras cacereñas. Van a callar hasta hace unos pocos milenios: en lugar de dejar sedimentos, los estratos antiguos empezarían a erosionarse sin dejar rastro de aquella época, en un proceso opuesto al que había operado hasta ese momento. De todo este periodo suponemos que tras la extinción pérmica, los reptiles y dinosaurios pasearon a sus anchas por los bosques del jurásico y cretácico, que crecerían entonces en lo que sería en un futuro esta región. El clima sería cálido y húmedo y no cabe duda que iguanodones y demás parientes gigantes habitarían nuestro territorio, como poblaron otras zonas de España. Nosotros no estábamos lejos de la costa del futuro océano atlántico. De esta época sí se  conserva sin embargo, un fenómeno geológico excepcional, la falla Alentejo-Plasencia, que transcurre a unos treinta kilómetros de la ciudad y que es testigo de un acontecimiento de primer orden: la aparición del océano atlántico. Esta falla fue una enorme escisión en la tierra provocada por el movimiento de las placas continentales y empezó a moverse en torno a los 135 millones de años, a mediados del jurásico para reactivarse en otras ocasiones posteriores. Quizás en determinados momentos la superficie cacereña -y toda la que atraviesa la falla- debió parecerse a los actuales rifts del cuerno de África, en el que la tierra se desgarra y permite emanar rocas y fluidos del manto de la tierra, provocando paisajes desérticos y volcánicos únicos. En cualquier caso, todos son conjeturas, y poco sabemos de este tiempo en nuestra comarca.   
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Cuaternario: el tiempo presente.
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Los próximos rastros geológicos nos llevan al tiempo presente, cuando la orografía actual está ya establecida y los cauces de los ríos toman su dirección hacia el oeste. Estos son tiempos cuaternarios, remontables a un millón de años, y que para la geología viene a significar “los tiempos presentes”. De esta época -hasta la actualidad- son los suelos arcillosos que habitualmente pisamos, especialmente aquellos formados en las vaguadas y valles formados por el flujo de los arroyuelos (el Marco, Mina Esmeralda, arroyo de Aguas Vivas, Guadiloba…), algunas partes llanas de los granitos de Malpartida, y los derrubios ocasionados en las laderas de los cerros y montes de la Sierra de la Mosca. Es fundamentalmente en estas zonas donde los suelos son más profundos y fértiles (especialmente la ribera del Marco o algunas terrazas del Guadiloba) y donde nos encontramos con una última sorpresa paleontológica. Un pequeño hallazgo recogido por el profesor Juan Gil Montes que permite reconstruir cómo era y qué tipo de paisaje podrían encontrarse los seres humanos la primera vez que pisaron estas tierras, por otro lado, muy parecidas ya a nuestros días. 
En algunas partes de la ribera del Marco podemos tener la suerte de encontrarnos con unas piedras de tonos marrones, muy porosas, que yacen en el lecho del cauce y en algunos de los desniveles creados por el propio cauce del riachuelo. Estas piedras, conocidas como tobas calizas, también están presentes en las construcciones más cercanas como Fuentefría. En el pasado invierno del 2013, el Marco vino tan crecido a su paso por ese manantial, que arrastró consigo multitud de estas piedras, permitiendo observar muchas de ellas en ese punto de la ciudad. Si cogiésemos una de ellas y las limpiásemos oportunamente, nos daríamos cuenta que los poros pertenecen a los restos dejados en la roca por multitud de restos vegetales. Vegetación formada por plantas herbáceas, tallos, juncos y raíces, pero también por hojas de árboles caducifolios, que muestran el carácter ribereño y la presencia de humedad en la zona  desde hace varios miles de años. Las razones de cómo estos restos se han preservado tan bien las ofrecen nuevamente el yacimiento calizo del Calerizo y es común a las formaciones de tobas calizas en otras geografías. La lluvia con CO2 disuelve una pequeña parte del carbonato cálcico y se acumula en las aguas subterráneas. Después, cuando afloran a la superficie, dejan impregnadas el carbonato cálcico en la vegetación que atraviesa el arroyo. Finalmente, la vegetación queda completamente recubierta de este carbonato, acaba desapareciendo o convirtiéndose en carbón y deja unas molduras perfectas sobre la caliza que es la que le da este aspecto tan sumamente poroso.
Este hallazgo aparentemente tan simple es fundamental para explicar por qué el hombre decidió asentarse hace 10000 años –al menos- en las cuevas de Maltravieso. La presencia de agua, y los cobijos naturales creados por las formaciones calizas permitirían un lugar óptimo para la existencia humana. Los fértiles suelos del Marco permitieron también crear una incipiente agricultura de la que nos quedan numerosos restos desde al menos la Edad Antigua. Esto a su vez permitía abastecer a una población que desde la baja edad media superaría los 1700 vecinos. Estas tres condiciones permitieron que se cumpliera la excepción española: una ciudad relativamente populosa, capaz de sobrevivir sin un río caudaloso y que acabaría convertida en capital de provincia.
El hombre sobre la naturaleza: el futuro de Cáceres.
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La presión demográfica sobre nuestros recursos desde la Edad Moderna ha ido incrementándose paulatinamente, y convierte el más antiguo problema de supervivencia humana, el abastecimiento de agua, en algo contemporáneo. Conforme la ciudad fue creciendo las aguas del Marco se revelaron indispensables para poder suministrar a una población amplia. En el Marco encontramos restos de presas romanas, posibles casas de baños árabes y un grupo de molinos que se remontan algunos de ellos a la época medieval y que estuvieron funcionando hasta los años cincuenta. Entre el siglo XVI y XIX se construyen fuentes en los dos valles que limitan la ciudad, la Sierra de Aguas Vivas –La Madrila,
 Aguas Vivas, Fuente Hinche- y las aguas que vierten en el Marco -Fuente Fría, Fuente Concejo, Charca del Marco- para abastecer de agua limpia a la población. Desde mediados del siglo XX se utilizaron las aguas del Calerizo para poder abastecer las necesidades de la ciudad. Pronto se vería que ese uso era inapropiado para las crecientes necesidades industriales –el agua era dura, y la cal obstruía rápidamente maquinaria industrial- y se haría imprescindible crear presas artificiales –como el Guadiloba- para paliar esa amenaza. Hoy en día vemos que ni siquiera una presa así es capaz de satisfacer nuestras necesidades y que el problema del agua es hoy tan acuciante para nuestra ciudad como lo fue para el primer poblador de Maltravieso. Ciertamente, hemos pasado de beber el agua del Calerizo a usarla para regar un campo de golf. Pero es presumible que si el cambio climático se acelera en las próximas décadas, es de suponer que el futuro de Cáceres se hará comprometido y dependerá de soluciones tecnológicas y éticas extremadamente costosas.
A esta amenaza le añadimos el del urbanismo de la ciudad que ha condenado casi a la destrucción el paraje que le permitió nacer, la ribera del Marco. Un urbanismo desorganizado ha provocado la desaparición de buena parte de las antiguas tierras cultivables, ahora bajo el asfalto y las edificaciones, y la escasa pervivencia de un entorno fluvial hoy casi irreconocible, si lo comparamos con la proliferación de los fósiles vegetales del cuaternario. Naturalmente estos son lo que muchos llamarían “daños colaterales” del progreso humano, pero que otros ya ven como una huida hacia adelante, sin afrontar el reto que supone un desarrollo sostenible a largo plazo. La historia local de Cáceres es en el fondo, el reflejo pálido de una historia mucho más universal, en la que está comprometida la supervivencia del hombre como especie.  
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La contingencia cacereña: conclusión filosófica a un ensayo geológico. 
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Voy a darme el gusto de acabar el trabajo como lo empecé: como un filósofo y no como un geólogo aficionado. He comenzado el escrito convencido de la importancia de comprender nuestra geología para entender nuestra propia historia, una historia que ha hecho que nosotros, de una manera o de otra, nos sintamos “dueños” de esta tierra que habitamos. Albergamos sentimientos de pertenencia en forma de patrias, naciones y destinos manifiestos que combinan raza, cultura y territorio. Nos convertimos en señores de tierras y construimos fronteras en sus límites para frenar extraños. Expoliamos sus recursos naturales en nombre del derecho de propiedad. La degradamos en nombre del progreso y la comodidad humana. 
Después de haber pensado esto desde nuestro perfil geológico, uno se siente obligado a ser algo más humildes en las reclamaciones. Estamos en esta tierra cacereña por una contingente mezcla de causas biológicas, físicas y geológicas. Incluso la tierra que pisamos es relativa: como hemos visto, no siempre ha estado emergida ni ha estado posicionada en el mismo lugar del planeta. ¿Por qué podríamos considerarla nuestra sin atender a las obligaciones que supone el habitarla? En cualquier caso, nuestro paso por este suelo que llamamos Cáceres o Extremadura es puramente transitorio. Frente a los 600 millones de años de antigüedad del suelo que pisamos, nosotros no estamos sobre él más que hace un millón y medio y no lo habitamos sedentariamente más que hace 10000 años. Esta tierra seguirá su evolución cuando nosotros ya no estemos aquí como especie. Decir incluso que es nuestra responsabilidad protegerla hasta resulta altivo. La peor catástrofe que pueda provocar el ser humano difícilmente pondrá en peligro la vida en la tierra y mucho menos detendrá su evolución geológica.