HISTORIA NATURAL

                                   HISTORIA ANTES DE NUESTRA HISTORIA


¿Por qué existe Cáceres?
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Después de tantos años buscando piedras y fósiles por los alrededores de Cáceres, el GP se siente legitimado para hacer un escrito más amplio del tema, rozando casi el ensayo divulgativo. Así que aquí lo presentamos. Indudablemente, los errores pueden aparecer y las licencias literarias, también. Pero el placer de escribir una crónica de este tipo para Cáceres, "una historia antes de la historia", es inmenso y nos vamos a dar el gusto de publicarlo. 

Hacer una historia natural para explicar nuestra propia historia no es ninguna tontería, sino todo lo contrario: es nuestra crónica más profunda y básica, la condición de posibilidad básica para toda experiencia humana. Y la mejor forma de tomar conciencia de esto es formulando una pregunta que podría plantearse como “¿Por qué hay una ciudad en Cáceres y no un erial?” (no es más que una variación de la eterna pregunta filosófica de “¿por qué el ser y no la nada?”). A la hora de buscar una respuesta adecuada no me queda otro remedio que conducir este interrogante a los primeros pobladores de la ciudad. Evidentemente, no fue una mera ocurrencia de un iluminado ni una intervención divina la que creó Cáceres: eso son privilegios que solo podrían suceder en sociedades mínimamente avanzadas, y no con los rudimentos tecnológicos del paleolítico, donde el hombre apenas tiene capacidad para manipular el medio que le rodea. En un entorno tan hostil como la penillanura cacereña, con inviernos relativamente fríos y sobre todo con veranos largos y sofocantes, la elección no estaba en manos de estos pobres pobladores, temerosos siempre de morir de sed, frío o hambre. Los hombres no eligieron construir Cáceres en su emplazamiento actual. Más bien, la naturaleza decidió por ellos y les obligó a asentarse aquí. Y los hombres, como seres biológicos que son, se vieron obligados a aceptar las reglas que les impuso esa naturaleza cacereña.
Acostumbramos a entender la historia como un producto exclusivamente humano, con decisiones libremente tomadas por los individuos y raras veces nos paramos a pensar en estos condicionantes estructurales que van más allá de nuestras propias capacidades humanas. Para entender estos condicionantes,  sin embargo, es preciso explicar otra historia alternativa, la historia antes de la historia. La línea del tiempo pasado anterior al hombre es rica en acontecimientos y catástrofes aunque no hubiera nadie para narrarlos. De hecho, forma parte de nuestro propio registro: es el terreno que habitualmente tenemos bajo nuestros pies, en el que nadie repara, porque damos por descontado que ha estado ahí desde el principio de los tiempos. Pero no ha sido siempre así. Más aún, si la historia natural de Cáceres no hubiese sido de la forma que lo narramos, los hombres nunca habrían puesto un pie en un lugar tan árido y difícil para la supervivencia estival como la llanura cacereña. Fue la falta de agua -entre otras cosas- la que hizo que entre el Tajo y el Guadiana hubiera un desierto poblacional y lo que la convirtió en una frontera natural en la Reconquista durante casi un siglo (entre 1150 y 1230). Cáceres o Trujillo se hicieron avanzadas estratégicas tanto de un bando como de otro y cambiarían de manos más de una vez. No había muchos lugares donde se pudiese crear una población estable y con expectativas de sobrevivir. Pensemos que la gravedad de este problema se traduce en  soluciones que ofrece la propia arquitectura local: no es casualidad histórica que el edificio más emblemático de Cáceres sea un gran aljibe musulmán del siglo XII, y no es el único de la ciudad. Cisternas, pozos y aljibes son comunes en muchas casas de la época.
Restos de crucianas en pizarras utilizadas en el
 palacio de Carvajal.
Partamos de una evidencia simple: una amplia mayoría de ciudades españolas, capitales de provincia o poblaciones de importancia, son bañadas por algún río hidrológicamente relevante, o están próximas de montañas que garantizan la afluencia de agua. En Castilla y León, todas las capitales son bañadas por el Duero y sus afluentes. Toledo, Madrid o Aranjuez hacen lo mismo con la cuenca del Tajo. En Extremadura tenemos ciudades antiguas como Plasencia, Coria, Mérida o Badajoz que solo pudieron prosperar por el Guadiana o afluentes del Tajo. De este entorno, Cáceres se convierte en una excepción casi única en la geografía española, que solo puede ser explicado en términos geológicos y que conlleva también problemas todavía no resueltos del todo –como el problemático abastecimiento de la ciudad-. Si la geología de la zona hubiera sido otra, directamente Cáceres nunca se hubiera emplazado en el lugar en el cual está ahora y ciudades como Plasencia o Mérida habrían ocupado ineludiblemente su posición.

La evidencia de un mar bajo la ciudad.


Ripple marks en la ermita del Risco, Sierra de Fuentes.
Supongamos una primera intuición interesante, de la que más de uno desconfiará: todo lo que pisa el cacereño de a pie fue hace millones de años el fondo del mar. De hecho, cuando excavamos apenas medio metro estamos pisando con toda seguridad arena del fondo del mar convertida en piedra dura. Igualmente, cuando subimos a un peñasco en la Montaña, cuando reconocemos las bases de piedra de los palacios de la ciudad antigua o simplemente cruzamos al lado de una zanja de pizarra en mitad de la ciudad, entramos en contacto con los restos de un antiquísimo océano, hoy extinto naturalmente.
Si existe algún escéptico en esta materia, tenemos una prueba empírica sencilla que ya en su día (hace 2600 años) el griego Tales de Mileto usó para defender sus teorías sobre un mar primigenio que inundó la tierra frente a sus conciudadanos: la presencia de fósiles acuáticos. Una persona observadora podrá distinguir en la Ronda Norte, en las canteras del Portanchito y otras zonas de la ciudad restos de animales marinos, especialmente conchas semejantes a almejas. Nadie ha visto las almejas en la estepa extremeña, que uno sepa. Luego existió un mar, hace millones de años. Incluso hay otra evidencia todavía más llamativa. Si subimos a las crestas de la Sierra de la Mosca, nos encontraremos con suerte surcos continuos en la roca que se denominan ripple marks, pero que comúnmente podemos considerar ondas o las oscilaciones de la arena en el fondo del mar por las corrientes de agua o el oleaje. Sí, en ese momento estaremos contemplando ni más ni menos que el fondo marino completamente petrificado ¡de hace más de 450 millones de años! Estas pruebas nos parecen suficientes para probar que ha existido un mar y vida en él diferente a la actual (siempre que no nos topemos con un creacionista) pero ¿cuándo ocurrió todo esto? ¿Cómo podemos datar este mar con precisión? La respuesta de los geólogos es por fortuna relativamente sencilla, y sin necesidad de hacer complejas pruebas de laboratorio.
Monograptus (Parque del Príncipe, silúrico)
Tenemos la suerte de contar entre nosotros unos fósiles extremadamente útiles en la datación geológica, denominados comúnmente graptolites. Estos animalitos formaban numerosas colonias con formas parecidas a las medusas –pero que nada tienen que ver con ellas- que quedaban flotando en la superficie del mar. Cuando estos animalitos morían, sus carcasas se depositaban en el fondo del mar y formaban fósiles con un parecido a los hilos de sierra. Este viejísimo fósil se repite en unos estratos determinados en prácticamente toda la geografía mundial y luego se extingue en estratos de roca más nuevos, lo que permite datar rocas del mundo entero con precisión, independientemente del lugar geográfico donde la encontremos. Y además tenemos más de una especie, lo que hace la datación todavía más exacta. El más típico representante cacereño, el monograptus, es del silúrico (400 millones de años) y lo encontramos repartido en un estrato de pizarras negruzcas –ampelitas- que atraviesa de oeste a este la ciudad, pero que se hace especialmente reconocible en el límite del parque del Príncipe con Aguas Vivas o en la cara este de las murallas musulmanas.


Otro tipo de graptolites (Bigraptus) junto a un posible fragmento de trilobites
(ladera trasera de la urbanización Universidad, ordovícico superior)
Por si fuera poco, además contamos con especies todavía más antiguas que se remontan al ordovícico (450 millones), presentes en la Sierra de la Mosca o de Aguas Vivas. Estos humildes fósiles guía se han encontrado en prácticamente todos los terrenos paleozoicos de la provincia, que coinciden en geomorfología con la comarca de Cáceres: las sierras de Monfragüe, San Pedro, Cañaveral o las Villuercas repiten fósil y con él, unas rocas que nunca faltan y que se ven en las cumbres de todas estas sierras: la cuarcita armoricana.


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Un océano muy rico en vida (450-300 millones de años)
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Skolitos en el cerro del milano (ordovícico)
Una vez que podemos demostrar con evidencias la existencia de un mar, reconstruyamos nuestra propia historia natural. Tenemos constancia de que el mar estaba presente en las tierras cacereñas desde por lo menos 600 millones de años. De ese mar, sin embargo, sabemos bastante poco. Lo constituyen las pizarras y grauwakas que emergen al norte de la ciudad, pasadas las estribaciones montañosas de la Sierra de la mosca y que se extienden por una parte importante de toda la provincia. Sabemos que la profundidad del mar era grande, y que apenas quedaron fósiles visibles a simple vista –en cualquier caso, en aquella remota edad, los animales eran extremadamente simples y no fosilizaban con facilidad-. Sin embargo, esas condiciones cambian en torno a los 5oo millones de años, en los comienzos de la era paleozoica, una edad mucho más compleja desde el punto de vista de la biodiversidad. El mar empieza a perder profundidad, y esto permite la formación de rocas diferentes, como las cuarcitas, pizarras, areniscas y calizas que marcan la geología cacereña, al tiempo que permite la mayor presencia de seres vivos, que genera a su vez mayor número de fósiles. La alternancia de distintos estratos albergando rocas diferentes significa distintos avances y retrocesos en el nivel del mar, así como sus condiciones de deposición. Esto es lo que nos encontramos claramente al cruzar la gran zanja de la Ronda Norte, al cortar la Sierra de Aguas Vivas. Las rocas nos cuentan la historia de un océano con flujos y reflujos y naturalmente, con fósiles.


Braquiópodo del Portanchito (silúrico-devónico)
Así sabemos que en el periodo Ordovícico, se empiezan a acumular en el mar arena que después queda petrificada, formando estratos que nos permiten reconstruir el fondo del mar, y más aún, mostrando ocasionalmente grandes acumulaciones de restos orgánicos que los geólogos lo atribuyen a grandes tormentas o a fenómenos de tsunamis, terremotos marinos. En estos estratos nos encontramos con la actividad de unos bichitos que fácilmente nos puede recordar a los animales de la playa que se refugian dentro de la arena. Estos bichitos (supuestamente, gusanos de gran movilidad o algo parecido) construyeron profundas galerías que sorprendentemente nos han llegado hasta nuestros días: es lo que los
Nautiloideos del Portanchito (silúrico-devónico)
paleontólogos llaman skolithos. No son los animales propiamente dichos, sino sus obras de ingeniería en el fondo de mar cacereño de hace 450 millones de años. Estos skolithos son muy abundantes y fáciles de localizar especialmente en las estribaciones del Cerro del Milano; tienen forma de pequeños botones sobre la piedra, cuando vemos el plano de exfoliación del estrato y contemplamos la superficie plana del mar, o más llamativamente creando finos tubos de piedra en la masa de la cuarcita armoricana, cuando los encontramos en estratos de perfil. Son una recompensa paleontológica fácil para el recién llegado al mundo de los fósiles. Más aún, si rastreamos con un poco de suerte las sierras cacereñas en sus estratos más altos, nos encontraremos los restos de otros famosos animales de la época: los trilobites y lo que denominan cruzianas.
Estos son los restos del peregrinaje continuo de estos animalitos en el fondo del mar en busca de comida. Sus restos son a veces tan frecuentes que las pistas se cruzan entre ellas y las rocas que los conservan forman dibujos aleatorios extraños y geométricamente estéticos. Sin necesidad de salir al campo, algunas de estas cruzianas  -o algo parecido- se pueden observar todavía en las piedras pizarrosas de la parte antigua, en las cercanías del palacio de Carvajal. Sin embargo, de esta época apenas nos quedan más restos. Tenemos mucho más suerte si nos aproximamos algo más en el tiempo. A finales del ordovícico los fósiles se hacen más frecuentes, el mar acumula otra sedimentación que permite la creación de pizarras y areniscas, y nos encontramos con trilobites, nautilodeos, crinoideos, braquiópodos y graptolites. Esto ya nos permite reconstruir con precisión un mar poblado por criaturas extrañas, con sus pequeños monstruos (los escorpiones marinos) y sus presas, los trilobites y gasterópodos. Habría multitud de animales excavadores en el fondo de las aguas y colonias flotantes en la superficie (los graptolites), mientras se extendían los bosques de crinoideos. 

Colas de trilobites del ordovícico superior (La montaña)





En nuestro entorno, esta diversidad aparece bien recogida en los cortes de la Ronda norte, donde se suceden estratos con graptolites, areniscas con crinoideos y un tipo de pizarras ricas en un braquiópodo, muy posiblemente del género lingula, que constituyen un ejemplo interesante de fósil viviente. Igualmente en el cauce del riachuelo que atraviesa el parque del Príncipe, podemos encontrarnos areniscas con restos de crinoideos. Más interesante todavía, desde el punto de vista de la diversidad de fósiles y de su estado de conservación, lo constituye el yacimiento de fósiles que se encuentran en las canteras antiguas del Portanchito, donde afloran unas areniscas más o menos ferruginosas que son muy ricas en braquiópodos y nautiloideos.
      Antes de terminar de hablar sobre este antiquísimo mar, tenemos que hacer todavía otra prueba de imaginación y pensar en algo más atrevido todavía: los restos del mar que afloran en nuestras rocas no son los restos que estaban “justo aquí” desde hace cientos de millones de años, en nuestra posición geográfica del hemisferio norte. Son restos y fósiles de animales que en realidad vivieron a miles de kilómetros de distancia. Más concretamente, en el hemisferio sur en un lento movimiento desde el polo hacia el ecuador de la tierra, en un viaje en el que las actuales tierras cacereñas eran una parte indistinta de la pequeña placa ibérica. ¿Cómo es esto posible? Entendiendo que nosotros no estamos quietos sobre la superficie de la tierra, sino que nos movemos de forma imperceptible sobre placas continentales flotantes sobre el manto terrestre.

Un periodo crucial para la historia cacereña, el carbonífero (330-300 millones BP)


Tallos de crinoideos en las calizas 
carboníferas de Nuevo Cáceres.

Habíamos dejado nuestra historia natural de Cáceres sumergidos en los mares del Paleozoico, en la silenciosa compañía de trilobites, braquiópodos, lingulas y nautiloideos. Este mar antiguo se mantendrá muchos millones de años, concretamente hasta el famoso periodo carbonífero. En otros puntos de España, este periodo da lugar a formaciones de carbón, pero no es el caso de nuestra ciudad. Aquí todavía estamos bajo el mar, y los pantanos con su vegetación exuberante y tropical no llegan a nuestro entorno. Pero sin embargo, el océano pierde profundidad y se convierte en un mar somero, muy atractivo para albergar gran biodiversidad. Esto permite la formación de un tipo de roca, la caliza y la dolomía, que va a ser de vital importancia para la futura ciudad de Cáceres y la posibilidad de que el ser humano pueda establecerse en estos parajes tan secos. Estas calizas, al menos una parte de las mismas, tienen un origen orgánico: están constituidas fundamentalmente por el aporte de carbonato cálcico de muchos seres vivos y en nuestra ciudad son fundamentales los fósiles de crinoideos. En muchos lugares del Calerizo podemos encontrar pequeños troncos laminados blancos sobre la piedra oscura caliza. En realidad es solo una pequeña parte del cuerpo de estos animales, que después se ramificaban y tomaban el aspecto de plantas acuáticas. Dado el número que nos podemos encontrar en nuestras calizas, podríamos imaginarnos el mar cacereño de entonces como una especie de selva sumergida por estas criaturas extrañas con forma de planta, pero que en realidad son animales.
    Decíamos que la creación de calizas en esta época del carbonífero va a ser crucial, imprescindible, para explicar después la vida humana en nuestro entorno. Como es bien sabido, las calizas son rocas fácilmente alterables con la lluvia –no en un año de precipitaciones, sino en doscientos millones de años de lluvias seguidas- y crean cavidades y cavernas con facilidad. Cualquiera que pise los cerros de Aldea Moret se dará cuenta de la superficie agrietada y angosta de sus montes  (Lo que llaman en geología lapiaz). Esto provoca la existencia de acuíferos muy importantes, por un lado, y de cuevas susceptibles de ser habitadas en el futuro, como Maltravieso o Santa Ana. Con ellas, la muerte por sed o por frío parecían alejarse para los futuros hombres que habitasen el lugar. Mucho tiempo después y ya en el presente, los cacereños usarán estas piedras para la obtención de un bien básico en construcción: la cal. Todavía hoy, quedan diseminados por muchos lugares antiguos hornos de cal, cuya actividad se extinguiría en torno a los años cincuenta, cuando el mercado nacional hizo poco rentable esta actividad a escala local.

En esta época compleja de movimientos geológicos, empiezan a aflorar en la superficie cacereña grandes masas de rocas procedentes del interior de la tierra: a diferencia de los volcanes, su ascenso va a ser lento y suave, que les permite enfriarse y solidificarse cuando llegan a la superficie. Son los granitos que aparecen al oeste y sur de la ciudad, y que forman el entorno de Malpartida de Cáceres. Ellos son no solo los culpables de esos fantásticos bolos del berrocal de los Barruecos –no es el único en formas curiosas- sino también de buena parte de la riqueza minera de la que ha disfrutado Cáceres en el siglo pasado y hoy en día: la abundancia del fosfato, litio y estaño en estas rocas, en forma de fosforita, casiterita y ambligonita, explica que hayan existido en los últimos 150 años explotaciones mineras en los alrededores de la ciudad que se beneficiaban de estos recursos: Las antiguas minas de Aldea Moret, Valdeflores, El Trasquilón o Las Arenas estaban vinculados, de una forma o de otra, con esa emergencia plutónica. Hoy en día, todos los yacimientos están paralizados o agotados, y hemos pasado de explotar minerales a beneficiarnos de la propia roca del granito con cierto éxito: varias canteras han explotado el granito y la caliza.   

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La tierra emerge (300 millones de años- actualidad)
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Tumba tardorromana tallada en
 granito (Barruecos)

A mediados del carbonífero, en torno a los 300 millones de años, y tras un periodo de regresiones y subidas del nivel del mar, Extremadura emerge por primera vez conocida del océano y se convierte en tierra firme, parte de una isla que ocupará buena parte de lo que después será la península ibérica. Esta isla va a la deriva, a los lomos de una placa continental que por entonces se ubicaba prácticamente en pleno ecuador, inicia el viaje hacia su actual posición en el hemisferio norte, en la latitud que hoy conocemos. El origen de este levantamiento nuevamente lo explica la tectónica de placas. En aquella época, dos grandes placas continentales chocan –como actualmente la India sobre el Tibet- y hacen levantar montañas y desaparecer mares. La orogenia hercínica o varisca va a hacer que Extremadura se convierta en tierra firme hasta el día de hoy. Resulta difícil pensar que el actual terreno extremeño pueda ser montañoso por causa de la orogenia. Pero tendríamos que imaginarnos el Pérmico –el último periodo del Paleozoico- con cadenas montañosas y valles arbolados. Este periodo cálido y crecientemente árido que acaba con una gigantesca extinción de la vida paleozoica hace 251 millones de años.
Nada de esta gran catástrofe nos cuentan las piedras cacereñas. Van a callar hasta hace unos pocos milenios: en lugar de dejar sedimentos, los estratos antiguos empezarían a erosionarse sin dejar rastro de aquella época, en un proceso opuesto al que había operado hasta ese momento. De todo este periodo suponemos que tras la extinción pérmica, los reptiles y dinosaurios pasearon a sus anchas por los bosques del jurásico y cretácico, que crecerían entonces en lo que sería en un futuro esta región. El clima sería cálido y húmedo y no cabe duda que iguanodones y demás parientes gigantes habitarían nuestro territorio, como poblaron otras zonas de España. Nosotros no estábamos lejos de la costa del futuro océano atlántico. De esta época sí se  conserva sin embargo, un fenómeno geológico excepcional, la falla Alentejo-Plasencia, que transcurre a unos treinta kilómetros de la ciudad y que es testigo de un acontecimiento de primer orden: la aparición del océano atlántico. Esta falla fue una enorme escisión en la tierra provocada por el movimiento de las placas continentales y empezó a moverse en torno a los 135 millones de años, a mediados del jurásico para reactivarse en otras ocasiones posteriores. Quizás en determinados momentos la superficie cacereña -y toda la que atraviesa la falla- debió parecerse a los actuales rifts del cuerno de África, en el que la tierra se desgarra y permite emanar rocas y fluidos del manto de la tierra, provocando paisajes desérticos y volcánicos únicos. En cualquier caso, todos son conjeturas, y poco sabemos de este tiempo en nuestra comarca.   

Cuaternario: el tiempo presente.



Hojas del Cuaternario en toba 
caliza (Fuente fría)
Los próximos rastros geológicos nos llevan al tiempo presente, cuando la orografía actual está ya establecida y los cauces de los ríos toman su dirección hacia el oeste. Estos son tiempos cuaternarios, remontables a un millón de años, y que para la geología viene a significar “los tiempos presentes”. De esta época -hasta la actualidad- son los suelos arcillosos que habitualmente pisamos, especialmente aquellos formados en las vaguadas y valles formados por el flujo de los arroyuelos (el Marco, Mina Esmeralda, arroyo de Aguas Vivas, Guadiloba…), algunas partes llanas de los granitos de Malpartida, y los derrubios ocasionados en las laderas de los cerros y montes de la Sierra de la Mosca. Es fundamentalmente en estas zonas donde los suelos son más profundos y fértiles (especialmente la ribera del Marco o algunas terrazas del Guadiloba) y donde nos encontramos con una última sorpresa paleontológica. Un pequeño hallazgo recogido por el profesor Juan Gil Montes que permite reconstruir cómo era y qué tipo de paisaje podrían encontrarse los seres humanos la primera vez que pisaron estas tierras, por otro lado, muy parecidas ya a nuestros días. 
En algunas partes de la ribera del Marco podemos tener la suerte de encontrarnos con unas piedras de tonos marrones, muy porosas, que yacen en el lecho del cauce y en algunos de los desniveles creados por el propio cauce del riachuelo. Estas piedras, conocidas como tobas calizas, también están presentes en las construcciones más cercanas como Fuentefría. En el pasado invierno del 2013, el Marco vino tan crecido a su paso por ese manantial, que arrastró consigo multitud de estas piedras, permitiendo observar muchas de ellas en ese punto de la ciudad. Si cogiésemos una de ellas y las limpiásemos oportunamente, nos daríamos cuenta que los poros pertenecen a los restos dejados en la roca por multitud de restos vegetales. Vegetación formada por plantas herbáceas, tallos, juncos y raíces, pero también por hojas de árboles caducifolios, que muestran el carácter ribereño y la presencia de humedad en la zona  desde hace varios miles de años. Las razones de cómo estos restos se han preservado tan bien las ofrecen nuevamente el yacimiento calizo del Calerizo y es común a las formaciones de tobas calizas en otras geografías. La lluvia con CO2 disuelve una pequeña parte del carbonato cálcico y se acumula en las aguas subterráneas. Después, cuando afloran a la superficie, dejan impregnadas el carbonato cálcico en la vegetación que atraviesa el arroyo. Finalmente, la vegetación queda completamente recubierta de este carbonato, acaba desapareciendo o convirtiéndose en carbón y deja unas molduras perfectas sobre la caliza que es la que le da este aspecto tan sumamente poroso.

Este hallazgo aparentemente tan simple es fundamental para explicar por qué el hombre decidió asentarse hace 10000 años –al menos- en las cuevas de Maltravieso. La presencia de agua, y los cobijos naturales creados por las formaciones calizas permitirían un lugar óptimo para la existencia humana. Los fértiles suelos del Marco permitieron también crear una incipiente agricultura de la que nos quedan numerosos restos desde al menos la Edad Antigua. Esto a su vez permitía abastecer a una población que desde la baja edad media superaría los 1700 vecinos. Estas tres condiciones permitieron que se cumpliera la excepción española: una ciudad relativamente populosa, capaz de sobrevivir sin un río caudaloso y que acabaría convertida en capital de provincia.

El hombre sobre la naturaleza: el futuro de Cáceres.

Fuente de la Madrila, parque del Príncipe.

La presión demográfica sobre nuestros recursos desde la Edad Moderna ha ido incrementándose paulatinamente, y convierte el más antiguo problema de supervivencia humana, el abastecimiento de agua, en algo contemporáneo. Conforme la ciudad fue creciendo las aguas del Marco se revelaron indispensables para poder suministrar a una población amplia. En el Marco encontramos restos de presas romanas, posibles casas de baños árabes y un grupo de molinos que se remontan algunos de ellos a la época medieval y que estuvieron funcionando hasta los años cincuenta. Entre el siglo XVI y XIX se construyen fuentes en los dos valles que limitan la ciudad, la Sierra de Aguas Vivas –La Madrila,
 Aguas Vivas, Fuente Hinche- y las aguas que vierten en el Marco -Fuente Fría, Fuente Concejo, Charca del Marco- para abastecer de agua limpia a la población. Desde mediados del siglo XX se utilizaron las aguas del Calerizo para poder abastecer las necesidades de la ciudad. Pronto se vería que ese uso era inapropiado para las crecientes necesidades industriales –el agua era dura, y la cal obstruía rápidamente maquinaria industrial- y se haría imprescindible crear presas artificiales –como el Guadiloba- para paliar esa amenaza. Hoy en día vemos que ni siquiera una presa así es capaz de satisfacer nuestras necesidades y que el problema del agua es hoy tan acuciante para nuestra ciudad como lo fue para el primer poblador de Maltravieso. Ciertamente, hemos pasado de beber el agua del Calerizo a usarla para regar un campo de golf. Pero es presumible que si el cambio climático se acelera en las próximas décadas, es de suponer que el futuro de Cáceres se hará comprometido y dependerá de soluciones tecnológicas y éticas extremadamente costosas.
A esta amenaza le añadimos el del urbanismo de la ciudad que ha condenado casi a la destrucción el paraje que le permitió nacer, la ribera del Marco. Un urbanismo desorganizado ha provocado la desaparición de buena parte de las antiguas tierras cultivables, ahora bajo el asfalto y las edificaciones, y la escasa pervivencia de un entorno fluvial hoy casi irreconocible, si lo comparamos con la proliferación de los fósiles vegetales del cuaternario. Naturalmente estos son lo que muchos llamarían “daños colaterales” del progreso humano, pero que otros ya ven como una huida hacia adelante, sin afrontar el reto que supone un desarrollo sostenible a largo plazo. La historia local de Cáceres es en el fondo, el reflejo pálido de una historia mucho más universal, en la que está comprometida la supervivencia del hombre como especie.  
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La contingencia cacereña: conclusión filosófica a un ensayo geológico. 
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Voy a darme el gusto de acabar el trabajo como lo empecé: como un filósofo y no como un geólogo aficionado. He comenzado el escrito convencido de la importancia de comprender nuestra geología para entender nuestra propia historia, una historia que ha hecho que nosotros, de una manera o de otra, nos sintamos “dueños” de esta tierra que habitamos. Albergamos sentimientos de pertenencia en forma de patrias, naciones y destinos manifiestos que combinan raza, cultura y territorio. Nos convertimos en señores de tierras y construimos fronteras en sus límites para frenar extraños. Expoliamos sus recursos naturales en nombre del derecho de propiedad. La degradamos en nombre del progreso y la comodidad humana. 
Después de haber pensado esto desde nuestro perfil geológico, uno se siente obligado a ser algo más humildes en las reclamaciones. Estamos en esta tierra cacereña por una contingente mezcla de causas biológicas, físicas y geológicas. Incluso la tierra que pisamos es relativa: como hemos visto, no siempre ha estado emergida ni ha estado posicionada en el mismo lugar del planeta. ¿Por qué podríamos considerarla nuestra sin atender a las obligaciones que supone el habitarla? En cualquier caso, nuestro paso por este suelo que llamamos Cáceres o Extremadura es puramente transitorio. Frente a los 600 millones de años de antigüedad del suelo que pisamos, nosotros no estamos sobre él más que hace un millón y medio y no lo habitamos sedentariamente más que hace 10000 años. Esta tierra seguirá su evolución cuando nosotros ya no estemos aquí como especie. Decir incluso que es nuestra responsabilidad protegerla hasta resulta altivo. La peor catástrofe que pueda provocar el ser humano difícilmente pondrá en peligro la vida en la tierra y mucho menos detendrá su evolución geológica.  




2 comentários:

  1. Saludos amigo: MI nombre es Ramon Galapero y como tu me gusta la historia, te pido un favor podria tomar tus apuntes para libros que edito en Calameo mi Correo rgalapero@hotmail.es

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  2. Saludos amigo: MI nombre es Ramon Galapero y como tu me gusta la historia, te pido un favor podria tomar tus apuntes para libros que edito en Calameo mi Correo rgalapero@hotmail.es

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